El estado de la nación

Me consta que desde pequeña R. es aficionada a la literatura de fantasía, pero que recientemente ha descubierto el manga y el anime. Por eso, a su excelente expresión escrita une también una capacidad impresionante para el dibujo. Toca el piano, tiene un blog y lleva ya más de un mes confeccionándose el disfraz que va a llevar al próximo Salón del Manga, orgullosa como está de haberse descubierto como una ferviente otaku. Sus calificaciones académicas son extraordinarias, así que no puedo evitar sentirme intrigado cuando esta mañana la madre, una amiga en realidad, concierta la cita.

La confianza que nos tenemos hace que rápidamente vaya al grano. R. ha cambiado su actitud durante este trimestre. Se ha vuelto silenciosa, ausente, extrañamente inconmovible. No quiere ver a sus amigos y, cuando no contesta de mal humor, lo hace con evasivas. La madre se expresa bien, busca al hablar los términos más adecuados. Es profesora y, desde que la conozco, ha sido una amante de la lectura, de Tchaikovsky, del impresionismo. Dice que está preocupada, que teme que a R. le estén haciendo el vacío en la clase. Puede ser. No sería extraño: sus gustos, las notas, el acné que en estos momentos ha invadido la belleza de su rostro. Media hora después inicio las pesquisas. Pregunto a R. sin rodeos si tiene algún problema con sus compañeros. Ella me mira y yo percibo algo extraño. Resopla, niega, da razones para ello y se encoge de hombros antes de contestar con timidez: es que me aburro.

Sé a qué se refiere. Creo entender parte de sus síntomas. Uno de ellos, quizá el más importante, es el que aparece en el oscuro milagro de la disociación de la realidad que se está obrando continuamente ante sus ojos. Por un lado continúa existiendo el nido protector de la familia, que en este caso (y en la mayoría de casos semejantes al de R.) se ha esmerado en llenar la casa de talismanes cuidadosamente escogidos: una nutrida biblioteca, una amplia colección de música, óleos, serigrafías…, todo ocupando el espacio para suplantar lo cotidiano. Por otro lado, está el mundo de allá afuera, el de las seis horas de instituto que crean una realidad paralela y cada vez más inquebrantable, el de la burbuja de lo vulgar y lo plano.

R. no es más inteligente que los demás, pero sí está más preparada. No se siente superior a sus compañeros, sin embargo la influencia de los talismanes familiares la obliga, sin saberlo, a situarse por encima, dos o tres cursos por delante. Lee mejor que nadie, escribe mejor que nadie, razona mejor que nadie. En todo destaca y, por eso, todo se le queda demasiado corto. Ha de adaptarse, lo sabe, ha de aguantar, esperar con paciencia a que pasen los minutos, a que por fin suene el timbre. Su estado de ánimo nada tiene que ver con el que hayamos podido sentir usted o yo. No hay ganas de huir en él, no es aquel grito de Baudelaire que suplicaba: «¡A cualquier parte! ¡A cualquier parte! ¡Con tal de que sea fuera de este mundo!». Tampoco es ese encogimiento del corazón cuando, de niños, no sabíamos qué hacer con las tardes de domingo. Es algo completamente opuesto: un tiempo prefabricado por el instituto, un tiempo milimétricamente medido para acabar en nada un día tras otro.

Resulta curioso, pero R.  y los que son como ella exponen a la luz la gran contradicción de una enseñanza pública que pretende usurpar el lugar de las familias estandarizando unos saberes que agrandan aún más la brecha entre ellas. Es tan poco lo que ofrece el sistema que, después de todo, solo salva a los que, como en el caso de R., pueden salvarse a sí mismos gracias al hogar donde han tenido la suerte de nacer. Ninguna ley, desde 1990, ha velado por la promoción social de los alumnos, sino por su proletarización, condenando a quienes no tienen otras fuentes de conocimiento a la medianía, y a los que sí las tienen a un aburrimiento interminable.

Este es el verdadero problema. Este es el auténtico estado de la nación.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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