Eichmann en el instituto

La idea consistía en que los alumnos de 1º de Compensatoria cometieran un pequeño acto terrorista en el instituto. El tema estaba claro desde el principio: ¿por qué no quiero estudiar? Luego escribiríamos un pequeño texto, doscientas palabras apenas, tratando de convencer a quien lo leyese de que, antes de los dieciséis años, había más vida al otro lado de la cárcel escolar si se tenían medianamente claros los objetivos vitales. Finalmente, imprimiríamos el panfleto en DIN A3 y lo pegaríamos en las puertas de todas las aulas. La acción tendría que ser anónima y se llevaría a cabo durante la hora de clase, en plan comando ultrasecreto.

Yo creía que por fin los iba a tener enganchados; y así me lo demostraron durante el primer día, cuando logré poner en marcha una sesión de brainstorming bastante apañada. Lo importante era que viesen que la asignatura de Lengua podía dejar de ser una puñetera jodienda sin aplicación efectiva en la vida real. Vamos, que escribir, y hacerlo con corrección, podía servir para persuadir al personal y, en cierto modo, metértelo en el bolsillo.

El experimento comenzó a fastidiarse al día siguiente, cuando tuvimos que dar forma a las ideas que habíamos ido anotando. Estaban allí, colgando sobre el vacío infinito de la pizarra, pero en cuanto se me ocurrió que empezaran a unirlas con coherencia, vi que la tarea iba a ser imposible. Los chavales presentaban unas impresionantes carencias expresivas, así que en menos que canta un gallo cayeron en un bucle conceptual del que no supieron salir, limitados como estaban por  un vocabulario exiguo y desolador. Su analfabetismo funcional les impedía pensar con claridad.

Durante toda la semana traté, por otros medios (todos ellos lúdicos; acababa de empezar en esto de la enseñanza y me había tragado toda la psicopedabobería logsiana), de que fueran aprendiendo palabras relacionadas con el tema propuesto y, sobre todo, de enseñarles los principios más básicos de lo que se suponía debía ser una correcta redacción. Pero nada. La batalla estaba ya perdida. Para colmo, de repente se dieron cuenta de que en realidad estaba intentando venderles la moto y las compuertas se cerraron para siempre.

Eran alumnos repetidores, de trece y catorce años. Eso significaba, pensé, que llevaban escolarizados, como mínimo, la friolera de dos lustros. ¿Qué había ocurrido? ¿Dónde estaban cuando en el colegio les enseñaron a leer y a escribir? ¿Cómo cojones habían llegado hasta allí en unas condiciones tan penosas? Aún sigo sin tener respuestas, aunque lo bueno es que con el tiempo me han ido saliendo los consabidos callos del oficio y ahora estoy curado de espanto. Cuando me encuentro con estudiantes similares, incluso en programas educativos supuestamente normales, ya ni me inmuto. A la mayoría les hemos ido pasando de curso, derivando a otros itinerarios más laxos o, sencillamente, regalando el título de la ESO porque los departamentos de orientación se han sacado de la manga un TDAH, una dislexia o algún síndrome de Asperger.

Pero algunas veces la conciencia se me pone respondona y es entonces cuando me acuerdo de lo que contaba Hannah Arendt en su Eichmann en Jerusalén. Los hombres pueden banalizar el mal, hasta el punto de justificar la muerte de seis millones de judíos, escudándose en que eran buenos ciudadanos y cumplían con las leyes de un país.

Todos nosotros, los docentes que acatamos, somos cómplices del mayor genocidio cultural de las últimas décadas.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

4 comentarios sobre “Eichmann en el instituto”

  1. Insuperable la comparación que usted establece dede el título mismo.
    Permítaseme, suplico, la osadía de la opinión, injerencia en principio inaceptable cuando se trata de comentar un artículo tan perfecto como éste. No puedo menos que felicitarle, señor autor, por la maravillosa obra de arte que ha pergeñado y publicado. Me quito el sombrero ante su maestría y confieso, en absoluto avergonzado, un soberbio ataque de envidia. De la sana, por supuesto. Me adhiero a todas y cada una de sus ideas e intenciones, quizá porque, como colega profesional, he dado en sufrir su misma cuita en un sinfín de ocasiones. El panorama social es desolador y nos hemos sumido en la infinita espiral del agujero negro propiciada por el cáncer logsiano. Por esa misma razón se nos está privando de nuestros más elementales derechos como ciudadanos: porque los políticos en el poder conocen muy bien las carencias de una enorme parte de la masa social en cuanto a capacidad de crítica, reflexión, sentido común y tantas otras cualidades ligadas al conocimiento que la infausta LOGSE procedió a hurtar del intelecto de nuestros jóvenes (sustituyéndolo por la sumisión a efímeros productos tecnológicos y bodrios televisivos).
    Déjeme que le felicite, no ya sólo por esta entrada, sino por su magnífico blog. Hace unas semanas que soy seguidor y tras cada lectura mi admiración aumenta. Un saludo.

  2. Meritorios tanto el artículo, como el posterior comentario del señor Manuel. Un cordial saludo a ambos, esperando el despertar de las consciencias…

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