You win, Jean-Jacques

Me comentaba el otro día un compañero que la madre de un alumno se le había quejado de que en una de las vallas del instituto había un hueco por el que su hijo se fugaba, y de que ese hueco no solo era responsabilidad del instituto, sino el único culpable de que su retoño no entrara a clase. Al parecer, por más que el profesor intentó hacerle comprender que el chaval ya tenía vello púbico suficiente como para saber lo que hacía mal y por qué, la mujer no se bajó del burro: el pobre era un niño todavía, y, claro, no tenía uso de razón para evitar lo que ella denominó como una de las muchas “tentaciones” con las que el Diablo Mundo ponía a prueba a los jóvenes.

Mientras escuchaba esta anécdota me acordé del asunto de acoso escolar en el que el año pasado tuve que pencar como tutor de la chica acosada. Resulta que a un alumno de cuarto de ESO se le ocurrió una tarde, así porque sí, publicar en Youtube el teléfono de mi alumna, acompañado de una inscripción que quería parecerse a un número de contactos sexuales. Los padres denunciaron el caso ante la Guardia Civil y el instituto, y, tirando del hilo, descubrimos que la chica venía siendo sometida desde hacía tiempo a un hiriente asedio en el que participaban muchos estudiantes del centro, la mayoría de ellos con buen expediente. Recordaba yo todo eso pero, sobre todo, la reacción airada de algunos padres que, habiendo tenido los santos redaños de contratar a un abogado, sometieron a los profesores instructores de los expedientes a una presión que muy pocos hubieran podido soportar. Consideraban que sus hijos eran espíritus inmaculados que, si se habían burlado alguna vez de la chica, había sido por “cosas de adolescentes”. En realidad, decían, aquí los únicos responsables eran los profesores que, en un principio, interrogamos a los implicados (pues habíamos sido muy duros con ellos) y que, después, instruyeron toda la documentación.

Ambas reacciones son el pan de cada día de los institutos españoles. Quien más y quien menos ha tenido que enfrentarse a situaciones parecidas donde los padres defienden a capa y espada a sus retoños, aunque eso suponga en ocasiones ir en contra de lo que vulgarmente se conoce como sentido común. Lo peor del caso, no obstante, es que nosotros, cuando ponemos el grito en el cielo y nos quejamos amargamente de que no nos dejan hacer nuestro trabajo o de que se protege demasiado a los niños, solemos perder la perspectiva, errar el tiro y terminar pensando que la sociedad, de unas décadas a esta parte, ha cambiado sin que hayamos podido hacer nada. Olvidamos, por tanto, que toda esta defensa a ultranza de los comportamientos más díscolos tiene una constante que, si bien aparenta ser ese ciego hooliganismo que la ínclita Belén Esteban tan bien ejemplificaba con la frase: “yo, por mi hija, ma-to”, en realidad esconde una fundamentación teórica auspiciada y propagada por las autoridades educativas desde hace unas cuantas décadas: los chavales son almas puras, cándidas y virginales, así que cualquier putada que cometan será responsabilidad de los adultos, que están puestos por la divina providencia en este mundo para corromperlos. Los consejos escolares, las reclamaciones de exámenes o las evaluaciones que los alumnos hacen de la labor docente son algunos de los ejemplos más paradigmáticos.

Esto no se debe a un mal aire que de la noche a la mañana haya vuelto más estúpidos a los padres españoles, sino a los efectos que han ido provocando las últimas leyes educativas y, en concreto, al aberrante rusonismo que destilan, como si fuera el hedor de la misma muerte. Porque, si ya de por sí es uno de los pensadores más nocivos para la historia de la civilización, Rousseau se vuelve letal si se atiende a las diversas interpretaciones de su obra. El adanismo militante que abomina de todo lo que tenga que ver con el pasado y el blindaje social y legal de la juventud, que se ha convertido en lo más parecido a un estado semisalvaje que Leviatán debe conservar y proteger, son algunas de las constataciones más evidentes de la influencia de quien enviara a sus cinco hijos a la inclusa según iban saliendo del vientre de la modistilla analfabeta Thérèse Levasseur.

Rousseau, el padre de todos los padres de ahora, tiene a sus rusonianos, que han copado los búnkeres pedagógicos europeos, a los propagadores de sus consignas, que imparten clase en los institutos, y, desde hace tiempo, a la mayoría de los progenitores de este país, quienes padecen rusonitis aguda y no lo saben, entre otros motivos porque los rusonianos les han enseñado a no saberlo.

You win, Jean-Jacques.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

8 comentarios sobre “You win, Jean-Jacques”

  1. Curiosamente, querido David, ya el pobre Hegel, don Jorge Guillermo Federico, hacia la segunda década del XIX, se quejaba amargamente del daño que había hecho Rousseau en los Gymnasiums de Alemania. ¡Y lo que ha llovido, desde entonces!

  2. Sí… y no sólo ha llovido agua clara, sino que además, han caído rayos, truenos y centellas que han destrozado a varias generaciones y ahora va a ser muy difícil que las aguas vuelvan a su cáuce y si alguna vez lo hicieran, ya habrán causado demoledoras consecuencias.

  3. David, que van a empezar a llamarte cosas:
    “Cuando, en marzo de 1762, un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau, publicó El contrato social…”

  4. Joder, Maxi, pero hay que seguir leyendo… La crítica de José Antonio a Rousseau es de las que da miedito. No por criticar al mismo somos todos iguales. Lo del cenutrio de la Falange no tiene nombre. O sea, es que Dios los cría y ellos se juntan.
    “Cuando, en marzo de 1762, un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau, publicó El contrato social, dejó de ser la verdad política una entidad permanente. Antes, en otras épocas más profundas, los Estados, que eran ejecutores de misiones históricas, tenían inscritas sobre sus frentes, y aún sobre los astros, la justicia y la verdad. Juan Jacobo Rousseau vino a decirnos que la justicia y la verdad no eran categorías permanentes de razón, sino que eran, en cada instante, decisiones de voluntad.[…] Como el Estado liberal fue un servidor de esa doctrina, vino a constituirse no ya en el ejecutor resuelto de los destinos patrios, sino en el espectador de las luchas electorales. Para el Estado liberal sólo era lo importante que en las mesas de votación hubiera sentado un determinado número de señores; que las elecciones empezaran a las ocho y acabaran a las cuatro; que no se rompieran las urnas. Cuando el ser rotas es el más noble destino de todas las urnas. Después, a respetar tranquilamente lo que de las urnas saliera, como si a él no le importase nada”.

  5. Atacar la pedagogía moderna en nombre Rousseau es lo mismo que atacar las hogueras de la Inquisición en el nombre de Jesús. Lectura superficial impropia de un pensador crítico. Por supuesto reniego de esa pedagogía y de las religiones en general, pero poco tienen que ver con el fondo de las enseñanzas del francés y del nazareno, o más bien son interpretaciones parciales e interesadas. Sin embargo comparto la crítica por completo a cómo os/nos afecta esta aberrante pedagogía del buenismo.

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