Atontaos

Una de las puertas de emergencia que hay en el instituto donde trabajo da directamente a la calle. Algunos profesores la utilizamos durante los recreos para salir a fumar, porque así nos evitamos la larga caminata que separa, a través del patio, el edificio de las aulas y la puerta oficial del centro. Como solo se puede abrir desde dentro, insertamos un trozo de plástico en la cerradura. Una vez satisfecho el mono, lo retiramos, lo dejamos en el pasillo para el siguiente yonqui que quiera hacer uso de su libertad para joderse los pulmones y aquí no ha pasado nada.

Por qué los alumnos nunca han utilizado esa vía de escape tan a la mano para fugarse del instituto, y continúan, en cambio, con las aparatosas maniobras de saltar las vallas o esperar a que algún despistado se deje la puerta principal abierta, es algo que al principio no podía explicarme pero que ahora, con los años, lo veo cada vez más claro. No es que en mi época los chavales fuésemos más listos, pero, desde luego, si nos hubiéramos tenido que enfrentar a un régimen penitenciario como el de ahora, estoy seguro de que nos las habríamos ingeniado con más artería y más salero.

La ampliación de la edad obligatoria de escolarización ha provocado efectos más negativos que beneficiosos durante las últimas décadas. Uno de ellos reside en el hecho de que se ha tergiversado el fatigoso mantra de la madurez del alumnado. A pesar de que este objetivo continúa apareciendo en el preámbulo de la última ley (y, a buen seguro, de las que habrán de venir), la experiencia nos dice a los profesores que la enseñanza en España ni propicia la madurez ni mucho menos esa cursilería que algunos denominan “autonomía del estudiante”.

Basta con que echemos un vistazo a los institutos donde trabajamos para percatarnos del exagerado aumento de normas que ahora tratan de regular todos y cada uno de los niveles de la vida escolar. La implantación de cámaras de seguridad en las puertas para controlar quién entra y quién sale, la prohibición de vender productos con azúcar en las cantinas, la institución de un lenguaje políticamente correcto o la continua intromisión en la educación que los padres pretenden ofrecer a sus hijos, son algunos de los ejemplos más reconocibles de lo que ha estado ocurriendo.

La mayoría de los institutos no solo ha restringido la capacidad de acción de sus alumnos, sino que ha terminado convirtiéndolos en un grupo de conciencias uniformadas sin apenas iniciativa personal e ideas propias. La profusión de medidas de atención (muchas veces incomprensibles) ha provocado una especie de nihilismo escolar que tardará generaciones en desaparecer; eso si alguna vez hubiera voluntad de combatirlo. Tanto es así que ni siquiera para saltarse las clases los chavales de ahora son capaces de planear una estrategia distinta a la que tradicionalmente conocen.

Cuando confieso en público que echo de menos un poco más del consabido ardid adolescente entre los estudiantes, suelo provocar cierto escándalo. Se me dice que pienso así porque no he pisado uno de esos infiernos de la Secundaria que tarde o temprano acaban saliendo en los telediarios, que estoy acostumbrado a lo bueno y que, en definitiva, me quejo de vicio. Yo, que a estas alturas de la vida me he echado a la espalda unos cuantos institutos, suelo poner cara de póker y callo el íntimo malestar que me provoca que hasta los compañeros de profesión hayan interiorizado la moda de creer que la única alternativa a los guetos sean las guarderías orwellianas donde la mayoría impartimos clase.

No quiero que en España abunden los Columbine, por supuesto, pero tampoco que nuestros centros educativos sean fábricas de las que todos salgan con la misma cara de atontaos que tenían cuando entraron.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

6 comentarios sobre “Atontaos”

  1. Hace unos días reivindicaba la no obligatoriedad de la escolarización para un alumno. Hoy, incita a la fuga masiva del alumnado, además de tacharlo de atontao. ¡Prepárese!

    ¡Enhorabuena por el blog!

  2. Grata sorpresa la mía al observar que todavía hay personas que no han sido alienadas por el sistema.

  3. Yo no soy del ámbito docente aún aunque si estudiante del Grado de Educación Social. Creo que me he equivocado de carrera.Porque pienso como usted y eso, estimado profesor o docente, es pensamiento contrario a todo lo que ando estudiando. Pero también observo una frase que ha colado entre sus pensamientos y en esa es donde más razón tiene: lo del nihilismo no se arregla porque no hay voluntad alguna, obligar a estar donde no se quiere estar ( con cargo al Estado, por supuesto ) y las reformas educativas ( cada una más dañina que la anterior ) para estudiantes más pendientes de fiestas y tecnologías no ayudan a una generación que está casi perdida, dentro de 30 años estos llevarán nuestro país, o lo que de él quede.¿Se imagina? Un saludo de su nueva seguidora aquí, gracias a su amistad conmigo en facebook.

  4. Gracias por la enhorabuena y por la advertencia. Estoy preparado para que algunos lectores vean lo que usted irónicamente apunta. Sé que si quisieran acusarme del asesinato de Kennedy, podrían hacerlo.

    Un saludo.

  5. Gracias a usted, Vanesa, y bienvenida. Efectivamente, ahora mismo todas las carreras y disciplinas que contienen la palabra “educación” están concebidas desde los mismos presupuestos pedagógicos de la “comprehensive school”, Dewey y el sursuncorda. No poseen ninguna base científica, a pesar de que sus más conspicuos propagadores se esfuercen en demostrar que esta existe. Son dogmas de fe que han calado tanto en la sociedad que yo no sé cómo vamos a salir de aquí. Bueno, en realidad no sé si podremos salir alguna vez.

    Bienvenida de nuevo.

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