Pedrojota

Ante su redacción, el Ciudadano Ramírez se encaramaba hace unos días al púlpito de papel y escenificaba, como siempre ha hecho, la misma estrategia de montarle un decorado a la consigna, que esta vez era muy clara: “a mí nadie me ha sugerido nada, a mí me han echado”. Y sin embargo yo, aunque me esfuerce en lo contrario, del revuelo mediático que ha suscitado la marcha de Pedrojota solo puedo quedarme con la imagen de vendedor de crecepelo que daba en esa despedida televisada en directo. Con eso y con la morbosa impresión de que lo que un servidor estaba presenciando allí no era otra cosa que pura pantomima.

Ya sea por predisposición de carácter o por simple ambición personal, Pedrojota, desde que montó el tinglado de El Mundo, ha tratado de perfilarse una máscara de enfant terrible que no solo despistaba al lector, sino que a veces (solo a veces) dejaba al poder político también un poco descolocado. Pero ocurre que, al seguir su trayectoria, siempre he tenido la sensación de que tras sus famosos decorados jamás hubo nada en realidad de lo que esperaba que hubiese. El crimen de Estado, por ejemplo, los casos de corrupción del PSOE, el “no a la guerra”, el 11-M, Bárcenas, los ERE sindicales, el rey y su familia, no han sido más que verduras de las eras, una apariencia más del quiero y no puedo, un constante amagar sin ningún resultado contundente.

Ahora todo el mundo, incluso sus adversarios más furibundos, le elogia haber sido una mosca cojonera en el inmenso pozo ciego del poder, quizá porque así se obra el milagro de ofrecer a los españoles la engañifa de que aquí también es posible que aparezcan un Woodward, un Bernstein y un Watergate. Y sin embargo, todo es mentira, todo es quimera. Porque Pedrojota, como muchos otros de su misma generación que vienen dedicándose al periodismo desde finales de la Dictadura, ha sido, es y será una puta más en ese gran puticlub al que conocemos con el eufemismo de prensa española.

Por eso no es de extrañar que detrás de este último decorado del otro día al final tampoco haya gran cosa. ¿Cómo es posible que a alguien que ha estado metido hasta las trancas en lo más sucio del sucio régimen, que ha publicado pero también ocultado los trapos sucios de todo dios, que ha jugado como le ha dado la real gana con la información privilegiada que aún debe conservar por si llega el aciago día en que se vea obligado a salvar el culo (e incluso la vida); cómo es posible que a alguien así se le pueda echar del curro?

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

Un comentario sobre “Pedrojota”

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