Nadie pierde

Lo que es la regla del consenso, crear estados de opinión uniformes y estereotipados, es también su prioridad, pues de ellos se alimenta y por ellos se perpetúa. Pero el consenso sabe que la realidad del súbdito es moral, y, puesto que su percepción siempre estará guiada por la dicotomía, es plenamente consciente también de que habrá de adaptarse o perecer. El consenso necesita enemigos, reversos tenebrosos, lados oscuros, amenazas exteriores e interiores a las que enfrentarse para justificar el mundo plano que ha erigido. De los laboratorios secretos del consenso salen todos los adversarios que este condena oficialmente. Las piezas que se cobra de los otros, los auténticos rivales, los verdaderos disidentes, jamás se muestran en público.

El consenso franquista tuvo a su PCE y a sus masones, y a finales de los sesenta creó al que habría de ser el más terrible enemigo del nuevo consenso que se avecinaba: ETA. Hasta la primera década del siglo XXI, el monstruo del terrorismo avivó el miedo de los españoles, inspiró los argumentos principales del régimen, e hizo que este mostrara los cadáveres como la expresión (patética y terrible) de un mal que amenazaba la utopía de la partidocracia. Nadie quiso en su momento sumar dos más dos y ponerse a meditar en voz muy alta sobre la conveniencia política que muchos atentados demostraban. A lo máximo que se aspiró fue a que los partidos simularan arrojarse los trastos de la violencia terrorista a la cabeza. Recuerde el alma dormida a Aznar repitiéndonos que el 11-M había sido obra de ETA; avive el seso y despierte contemplando a la policía de Rubalcaba en el Bar Faisán.

El enemigo ha cambiado ahora. Por vez primera todos podemos formar parte de él, y él puede estar también en nosotros. La imagen más precisa se encuentra en los sucesos del barrio de Gamonal. El consenso, en plena crisis, no necesita brazos armados, porque debe acomodarse al trending topic de la regeneración política. La derecha intenta meternos miedo mostrándonos los escaparates destrozados. La izquierda nos insufla la esperanza (el mismo miedo, pero por otros medios) de esa ingenuidad del “sí se puede”. Por eso, el adversario que acaba de inventarse el régimen es más visible, mucho más contundente, muchísimo más perfecto. Ocupa las calles, llama corruptos a los políticos, grita que todo esto ha de venirse abajo tarde o temprano, pero después acaba dejándose infiltrar hasta los tuétanos, constituye partidos, participa en el juego del que dice abominar.

El enemigo oficial de nuestro días es el antisistema del sistema. Y con él nadie pierde.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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