Breaking Bad

A medida que el cómico Walter White se transforma en el trágico Heisenberg, se va haciendo un personaje cada vez más moral. Su deserción al lado oscuro deja arrinconado ese otro conflicto inicial que revela cómo un simple profesor de instituto se enfrenta con valentía a su mediocre situación personal y económica. En cuanto esto ocurre, la serie gana en complejidad literaria, por supuesto, pero pierde en desparpajo y golfería. Para mí, es mucho más sugestivo aquel señor White del principio, que es capaz de hacer estallar el descapotable de esa especie de bróker adicto al móvil que se le cuela en una gasolinera, que el Heisenberg final, que aspira a ser el rey de la metanfetamina.

Porque, además, el elemento realista y epigramático también se va diluyendo. Durante la primera temporada asistimos a lo que verdaderamente supone ser profesor en un instituto público de los Estados Unidos, y comprobamos con horror en lo que se ha convertido un oficio que lastra toda posibilidad de promoción y que empuja al pluriempleo para llegar a fin de mes. Walter White es un genio de la química que, por una mala decisión, pierde el tren y tiene que conformarse con la docencia. Por las tardes se ve obligado a trabajar en un lavadero de coches para poder pagar la hipoteca. Pero en cuanto le diagnostican un cáncer, toma conciencia de su situación y se pone a fabricar metanfetamina. Es decir: decide dejar de ser una mente infravalorada, aplicar sus muchos conocimientos a algo que le reporte beneficios económicos y convertirse en todo un emprendedor.

Desconozco cuántos profesores españoles habrá que se hayan identificado con el protagonista de la serie y que, en lo más profundo de sí mismos, hayan comprendido perfectamente su decisión e incluso hayan dejado a un lado los conflictos morales que el negocio del narcotráfico a buen seguro les provocaba. Pero apuesto a que muchos habrán empatizado, al menos, con el pobre míster White durante unos cuantos episodios. El profesor español se parece cada vez más al americano. Sus condiciones laborales, recortes salariales mediante, están siendo sometidas a un lento pero constante proceso de devaluación que no me extrañaría formase parte de ese plan de estupidización universal al que ya he hecho mención varias veces por estos lares.

Basta con echar un vistazo a nuestro alrededor para darnos cuenta de ello. Aprobar unas oposiciones y ganar una plaza en un instituto público significa, hoy día, sepultarse bajo una losa de inmovilismo social y mediocridad consentida. Salvo por la antigüedad en el cuerpo, los profesores (titulados superiores antes del Plan Bolonia) estamos condenados a recibir siempre la misma soldada, y a lo máximo que podemos aspirar es a conseguir el cada vez más desprestigiado título de catedrático. A no ser que estemos dispuestos todavía a tragarnos la filfa de los cursos de formación, nuestro paso por la enseñanza no posee ningún incentivo, ni económico ni intelectual. Por obra y gracia de las últimas leyes educativas, somos otro ladrillo en el muro de esa guardería obligatoria que es ahora la enseñanza pública. Por ello no nos debe extrañar que el resto de la sociedad nos considere unos pringados. Lo somos. Y mucho me temo que ya no haya vuelta atrás.

Así que sí, padre Wert, este humilde y sofronizado profesor de Lengua confiesa haber visto Breaking Bad y haber estado tentado, en más de una ocasión, de montar una plantación de marihuana en la terraza de su casa.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

2 comentarios sobre “Breaking Bad”

  1. Como bien dices, el profesor español se parece cada vez más al americano, pero desgraciadamente sólo en los aspectos negativos.
    Aqui en EEUU el salario del profesor no es un incentivo. La visión que la sociedad, alumnos y políticos tiene de nosotros está por los suelos. Y no tenemos ningún tipo de apoyo de nadie, desde los administradores de los centros que nos vigilan como se de la Gestapo se tratara, hasta los Departamentos de Educación de los diferentes estados que no nos dotan ni de currículum, teniendo nosotros que elaborar contenidos y materiales.
    Pero aqui, en EEUU, existe una movilidad en el mercado laboral docente que en España es impensable y que yo ciertamente envidio. Al igual que en Reino Unido, una vez que uno consigue la licencia de profesor puede buscarse la vida. Puedes buscar trabajo en otra escuela o en otro estado, no te echas encima la losa del inmovilismo como ocurre en España.
    Esta profesión que por desgracia he elegido, creo que yo mismo estoy integrándome en el proceso estupidizador que defines, aqui en EEUU no compensa. Pero siempre es mejor que volver a España, yo soy interino, y tendría que sentarme en mi casa a esperar que me llamen de la Consejería sin tener yo la posibilidad de hacer nada. Eso no.

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