La lámpara de seguridad

El otro día tuve que emplearme a fondo en la clase de 1º de ESO de Compensatoria. Resulta que, tras la lectura en voz alta de un texto, se me ocurrió preguntar a los alumnos si podían decirme los nombres de los continentes. Uno respondió que el único que conocía era Brasil, otro dijo que solo se acordaba de Bélgica y de Rusia. Esos nombres avivaron la memoria de los demás alumnos, así que al final completamos la lista con Roma, Ecuador y el Nilo. Algo asustado (lo confieso), decidí extender un mapamundi en la pizarra, señalarles uno a uno los continentes que hasta el momento existían oficialmente y hablarles un poco de sus características geográficas, políticas e históricas. Para no aburrirlos seleccionaba los datos que podían resultarles más chocantes: ciudades y países que seguro les sonaban, equipos de fútbol, ríos, montañas… Al sobrevolar el continente americano, se me ocurrió preguntarles si sabían por qué en la mayor parte de América del Sur se hablaba español. No sé si lo hice movido por una curiosidad excesivamente morbosa o por la urgencia (también morbosa) de constatar algo que ya sabía, pero el caso es que las respuestas no me defraudaron: “porque los españoles somos los mejores”, contestaron unos; “porque los jugadores de fútbol hablan español y a todo el mundo le gusta el fútbol”, concluyeron otros.

Mis alumnos pasan por dificultades económicas, pero no son tontos. A poco que algo les interese, lo absorben inmediatamente, como suele ocurrir con cualquier chaval de esa edad. Y sin embargo, además de no tener ni idea de en qué mundo viven, apenas saben leer o escribir con suficiencia. Son, por tanto, analfabetos funcionales, pero lo son en un sistema de enseñanza que los escolarizó obligatoriamente a los tres años y que no los va a soltar hasta que cumplan dieciséis. ¿Qué les ha ocurrido? ¿Por qué después de trece años acudiendo a un centro de enseñanza no son capaces de situar África en un mapa? ¿Por qué leen todavía silabeando? ¿Por qué su disortografía ha pasado a ser crónica?

Es obvio que la doctrina pedagógica que instituyó la LOGSE (y que la recién aprobada LOMCE no elimina) tiene mucho que ver, pero yo llevo tiempo sospechando que hay algo más perverso en todo esto, algo que los colegios e institutos no pueden ocultar completamente. La Compensación Educativa está destinada a alumnos con riesgo de exclusión social y un retraso curricular de dos años como mínimo, y es uno de los programas que conforman eso que lleva décadas llamándose Atención a la Diversidad, conjunto de medidas que pretenden adaptar la enseñanza de las materias a alumnos con características familiares y psíquicas especiales. He desplegado intencionadamente esta retahíla de eufemismos para que su traducción al román paladino resulte más reveladora: a la Compensatoria solo acuden los alumnos pobres, y es una marca social más en ese mundo de las marcas sociales impuestas a fuego que es la Atención a la Diversidad, buque insignia del poder de los Departamentos de Orientación en la educación obligatoria española.

A pesar de que la excusa es consabida: la Atención a la Diversidad existe para ayudar a los chavales con problemas y para dotarlos de una seguridad que su entorno personal es incapaz de ofrecerles, su planteamiento forma parte de una estrategia mucho más enrevesada. El adagio de que el Estado ha de velar por la seguridad de sus súbditos es en realidad una ironía que procesa y etiqueta a los estudiantes partiendo de presupuestos biológicos, raciales y sociales. Es decir: mis alumnos han sido apartados de los itinerarios normales, a mis alumnos se les ha negado el acceso al conocimiento estándar por ser pobres y provenir de otra cultura, lo cual sirve al plan social de estupidización universal en el que estamos inmersos y del que los profesores, puesto que nos lo hemos tragado sin rechistar, somos agentes principales.

La generaciones nacidas a partir de la década de los noventa del siglo pasado me recuerdan a todas esas generaciones de mineros que empezaron a trabajar después de que Humphry Davy inventara la lámpara de seguridad en 1813. Pensada para prevenir las explosiones de metano en las minas de carbón, la lámpara fue considerada por todos como un invento que servía a la causa de la humanidad. Pero lo cierto es que el artilugio no disminuyó ni las explosiones ni el número de mineros fallecidos.

Lo que sí logró fue que, con la excusa de la seguridad, se excavaran túneles más profundos, se contrataran muchos más mineros y se aumentasen, además de los riesgos que corrían los trabajadores, los beneficios que la gran industria obtuvo de coyuntura tan favorable.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

2 comentarios sobre “La lámpara de seguridad”

  1. He quedado un poco desconcertado con la comparativa. El aumento de mineros y el aumento de dificultad hacen lógico el crecimiento de los siniestros. Pero, relativamente, ¿Aumentaron o disminuyeron los percances? ¿Sería posible hacer comprender al “educando” la necesidad del conocimiento, mejor, la utilidad del conocimiento? También creo que la tarea es ingente, cuando unas pocas unidades, posiblemente con mucho poder de influencia, según talante y capacidad, los profesores, deben luchar contra la enormidad del poder propagandístico de los medios de comunicación de idiotización y sumisión masivos y la zapa que ya hecho en los progenitores y resto del entorno de las víctimas. Conozco la satisfacción de algún profesor ante el interés y el trabajo de algunos alumnos de la de adultos y que suelen pertenecer a aquellos sectores sociales con más problemas, inmigrantes, gitanos… y la rabia por contemplar la desidia de otros muchos, centrados solo en el pequeño título que les permita acceder a la explotación de las cadenas de comida rápida y demás.
    Salud.

  2. Querido Hipos, el símil pretende mostrar cómo la idea de seguridad y de protección puede causar a veces todo lo contrario de lo que esta pretende. La lámpara de seguridad no acabó con los accidentes, ni siquiera con el alto índice de muertes; irónicamente, fue la excusa perfecta para que la industria del carbón relajara otras medidas y entrara a saco en las entrañas de la tierra. Esto lo explica muy bien John Taylor Gatto en “Historia secreta de la educación en EE.UU.”. De igual manera todas las medidas de atención a la diversidad, con la excusa de la protección, laminan las vidas de los chavales con dificultades, pues los marcan desde el principio con la estrella del gueto e impiden que su educación transite por los cauces normales. En última instancia, la atención a la diversidad impide la promoción social de los más desfavorecidos.

    El problema trasciende, creo yo, el mito de una sociedad perversa que echa a perder a los más débiles. El problema es de naturaleza radical, es decir, está en la raíz conceptual e ideológica del sistema educativo. La atención a la diversidad es un aspecto más, pero no el único. A ésta hay que añadir la obligatoriedad, los currículums, la preparación del profesorado y, sobre todo, la férrea dependencia del poder político que sufre la enseñanza.

    Un abrazo.

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