Héroes de nuestra propia Historia (y 5)

¿Cómo arrebatar de las manos del Estado el municipio? ¿Cómo alejarlo, después, de su ámbito de influencia? ¿Cómo constituirlo en una nueva fuente de poder? ¿Cómo lograr, finalmente, ser los héroes de nuestra propia Historia?

En primer lugar hay que tener muy claro que formar parte de un Estado (no de un país) es algo convenido y depende, en gran medida, de una elección personal. No podemos elegir la nación a la cual pertenecemos, pero sí podemos elegir el Estado al que permanecer, de alguna manera, adscritos. Porque se trata de un ente exclusivamente administrativo, tenemos la opción de configurar todos y cada uno de los rasgos que lo caracterizan: su forma de gobierno, sus límites y, sobre todo, su relación con los ciudadanos. Aun cuando la naturaleza del Estado haya sido decidida por unos pocos, que lo han definido para asegurarse una serie de privilegios, los ciudadanos seguimos siendo libres para elegir estar dentro o fuera. El problema reside en el hecho de que la propaganda estatal nos suele convencer de que solo existe una sola vía para la convivencia: la que torticeramente propone con el fin de consolidar su propia estabilidad.

Una vez reconocida la convencionalidad del Estado y la inalterable libertad que poseemos para otorgarle o retirarle nuestro consentimiento, debemos elegir. En el momento en que colectivamente se decide no acatar sus reglas, se está llevando a cabo lo que históricamente se conoce como un acto de independencia. Aunque ya me he referido anteriormente al significado que los revolucionarios norteamericanos confirieron al término en su famosa Declaración de 1776, no está de más que vuelva a insistir en una idea: la independencia como tal, es decir, el famoso derecho de la libre determinación, nada tiene que ver con la secesión de un territorio (no existe la autodeterminación de los pueblos, entre otras cosas porque el pueblo es una abstracción que, en sí y por sí misma, no se puede autodeterminar), sino con el acto de rebeldía de una serie de individuos que deciden no continuar sometiéndose a un Estado que socava sus derechos políticos.

Así pues, la independencia de un municipio ha de partir del pacto explícito entre los ciudadanos que decidan independizarse. En un primer momento su número será escaso, pero aspirará a ir integrando paulatinamente a más miembros hasta que estos sean una fuerza considerable. Será entonces cuando se pueda promulgar una suerte de Declaración de Independencia Municipal en la que los abajo firmantes deciden no reconocer el gobierno constituido (el Ayuntamiento) y, por lo tanto, se niegan, desde ese instante, a votar en las elecciones pertinentes, a pagar impuestos y a acatar las normas municipales sancionadas.

La declaración de independencia ha de dejar paso a la fundación de una nueva fuente de poder. Y es aquí precisamente donde reside la gran lección de todo acto revolucionario. Los vecinos independizados, habiéndose negado a reconocer el poder establecido (representante del poder estatal), deciden seguidamente constituirse en un nuevo poder municipal, estableciendo para ello sus propias leyes y normas, y organizándose de la manera que ellos consideren más justa. Desde un punto de vista democrático (y atendiendo también a cuestiones de operatividad y eficiencia), dicha organización habrá de ser de dos tipos: o bien asamblearia (si el pueblo tiene pocos habitantes), o bien representativa con mandato imperativo de los representados (si el municipio, la circunscripción o el barrio son más populosos).

Al principio, y durante un largo periodo de tiempo, el gobierno alternativo tendrá que hacer frente a los embates estatales, que se materializarán de dos formas: la propaganda y la violencia; fuerzas de las que el Estado seguirá manteniendo el monopolio. Sin embargo, a diferencia de otras épocas en las que se combatió insurgencias similares, el Estado esta vez se encontrará mucho más debilitado. Y la causa será su propia naturaleza, forjada durante décadas de impostura, que hasta ese instante lo hacía aparecer ante la opinión pública como un ejemplo de democracia perfectamente integrada en las estructuras (también democráticas) internacionales.

Por un lado, la propaganda no podrá ser ideológica, pero tampoco estará en situación de difundir ningún tipo de doctrina del shock, pues al ser exclusivamente municipal la subversión, es decir, al ser conocedores los ciudadanos de la realidad de las cosas, la propaganda se dará de bruces contra un colectivo de personas de lo más heterogéneo y, sobre todo, reacio a las etiquetas.

Por otro lado, la violencia, puesta en acción sobre unos ciudadanos que ni siquiera se manifiestan, que ni siquiera se congregan en algún sitio público, que ni siquiera llevan a cabo ningún acto de protesta, acabará por deslegitimar a un Estado que hasta el momento se erigía como máximo garante de la democracia y de los derechos humanos, y no evitará que el ejemplo se propague a otros municipios.

Finalmente una de las dos resistencias (la estatal o la ciudadana) cesará. Y una vez haya terminado, de una manera u otra, nos encontraremos con un país absolutamente distinto.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

Un comentario sobre “Héroes de nuestra propia Historia (y 5)”

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