Héroes de nuestra propia Historia (4)

El municipio (y, en el caso de una gran ciudad, el barrio o el distrito) es el contexto más cercano donde podemos sentirnos, en cierto modo, responsables de nuestras propias decisiones, siempre y cuando existan cauces directos o representativos a través de los que las aportaciones ciudadanas se tengan en cuenta. Es por ello por lo que hemos de considerarlo la unidad mínima de experiencia democrática y, como tal, el ámbito de actuación más importante si lo que se pretende es adoptar medidas de protesta, de resistencia o de desobediencia civil contra el poder establecido.

Uno de los descubrimientos más asombrosos de los padres constitucionales americanos fue el de concebir un sistema en el que cada escala de gerencia aparecía como una imagen amplificada de la anterior, como si se hubiera llevado a la práctica la ley neoplatónica de las correspondencias. Pero lo mejor de todo fue que dicho descubrimiento reveló (se trató de una intuición al principio) una regla de la ciencia política que, si bien había sido maravillosamente explicada un siglo antes por Étienne de la Boétie, hasta el momento se había pasado por alto, a saber: que todo gobierno, ya sea su naturaleza tiránica o democrática, depende ineluctablemente del consentimiento de los gobernados. Cuanto más reducido sea el contexto administrativo, más fácil será percatarse de este axioma.

Por otro lado, el municipio, como unidad mínima de autogobierno, posee también la ventaja de que es capaz de demostrar la debilidad conceptual y pragmática de las ideologías. Al situarnos a cada instante frente a problemas concretos, la gestión municipal nos empuja a la acción, sin darnos tiempo a pasar por el constructo de la izquierda o de la derecha. Podríamos decir que el municipio, como experiencia de gobierno en la que cada individuo está obligado a responsabilizarse de sus actos, es el catalizador de ese sentido común que, según Thomas Paine, ha de guiar la experiencia democrática y que termina privilegiando lo que es (el hecho en sí) en detrimento de lo que debería ser (la consigna ideológica).

Hay que tener en cuenta, por último, que el municipio, como base paradigmática de ese consentimiento de los gobernados, es la línea de flotación de todo gobierno, independientemente de cuál sea su catadura. Sobre el municipio, constituido por la voluntad mayoritaria de sus habitantes, se erige la fuente del poder estatal. Por el municipio el Estado empieza a recaudar, a legislar y a restringir. Por eso el Estado teme su desobediencia, muchísimo más si cabe que una huelga general o una protesta masiva, y también por eso se ha empleado siempre a fondo para lastar todo atisbo de insurrección. Valga como ejemplo la sangrienta represión a la que se vieron sometidas las “experiencias municipales” de las Comunidades castellanas, la Comunas francesas o los Soviets rusos.

Estas tres cualidades aquí presentadas han de considerarse como tres ventajas estratégicas y, al mismo tiempo, tres demostraciones básicas de por qué el municipio es la clave para empezar a cambiar las cosas en España.

Y todas ellas coinciden en la más impresionante de las revelaciones políticas a las que podemos aspirar en estos momentos: puesto que representa la sangre de la que se alimenta Leviatán, sin el municipio el Estado se derrumba.

(Continúa en Héroes de nuestra propia Historia 5)

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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