Héroes de nuestra propia Historia (3)

Según Hannah Arendt, el tesoro que nos ha legado la revolución americana (la única que ha triunfado en la modernidad) reside en la evidencia de que sus hacedores habían tenido muy claro desde el principio que, para salirse con la suya, no debían usurpar la fuente de poder contra la que combatían, sino crear una nueva. Al contrario de lo que ocurriría en Francia y en Rusia, los fundadores de EE.UU. sabían perfectamente que la soberanía, lejos de ser un concepto que se tuviera que trasladar del monarca al pueblo, había de ser dividida entre las tres ramas del gobierno para que estas compitieran, se vigilaran y se limitasen entre sí. Este juego de contrapesos regiría en todas las instituciones del nuevo Estado, a imagen y semejanza del núcleo esencial de convivencia democrática que, para ellos (desde el pacto del Mayflower), era el municipio.

Se lamentaba Jefferson al final de sus días de que el desarrollo de la república norteamericana hubiese descuidado el trato a los municipios, y se preguntaba si este abandono no sería la causa de que el impresionante edificio político que él había ayudado a construir acabara degenerando en una oligarquía. Dicho lamento también lo recoge Arendt en su obra On revolution, donde en sus últimas páginas se atreve a sugerir, siguiendo las ideas de Jefferson, que solo existe una salida frente a la tiranía de unos pocos: la fundación de un nuevo poder que tenga como objetivo primordial que los ciudadanos dejen de necesitar el que ya existe. Es aquí, según la pensadora alemana, donde reside el sentido más exacto de la palabra “independencia”, pues en América no había sido una reclamación nacionalista centrada en el territorio, sino una heroica autodeterminación de individuos que sentían que sus derechos habían sido pisoteados. No en balde en ningún párrafo de la Constitución americana viene recogida la palabra “nación” (tampoco “soberanía”, todo hay que decirlo).

Esa independencia ya había sido constatada siglos antes en los pueblos que los primeros colonos habían ido fundando a lo largo de la costa este. La naturaleza heterodoxa de sus habitantes y la dejadez de la Corona británica se habían conjurado para que, espontáneamente, los nuevos municipios se organizaran como auténticas democracias, donde cada uno de sus habitantes estaba absolutamente comprometido con la comunidad. Para ello, insisto, se había tenido que dar la casualidad de que la metrópoli ignorase durante décadas qué se estaba cociendo en sus colonias, sin embargo (y esto es lo más importante) dicha ignorancia habría servido de bien poco si no hubiera existido el previo desdén de los colonos hacia el sistema organizativo inglés. Así, sin saberlo, estos se habían proclamado independientes y habían creado una nueva fuente de poder de la que se sentían responsables.

La moraleja de esta maravillosa historia es obvia y también perfectamente aplicable a la actualidad. Frente a un gobierno que socava los derechos de sus ciudadanos, no cabe el asalto para tratar de usurparlo, sino la creación de un gobierno paralelo que, en un primer momento, compita con él, y finalmente acabe ignorándolo. El régimen político actual está preparado para contrarrestar la fuerza de la reacción, pero no para soportar la indiferencia de sus ciudadanos.

Y esto solo se puede llevar a cabo en ese microcosmos de la democracia que es el municipio.

(Continúa en Héroes de nuestra propia Historia 4)

Anuncios

Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

2 thoughts on “Héroes de nuestra propia Historia (3)”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s