Héroes de nuestra propia Historia (2)

El más gigantesco obstáculo con el que actualmente se encuentran los movimientos ciudadanos es que siguen los caminos trazados por el régimen. Estos caminos casi siempre abocan a una visión global del problema y terminan por obligarles a pensar que son demasiados pequeños e insignificantes para hacer zozobrar el statu quo. Al centrarse en cambios legislativos que escapan a su naturaleza, han de dar prioridad al imposible de constituirse en mayoría. Y en una país de cuarenta millones de personas jamás se podrá ser mayoría.

Por eso toda iniciativa de desobediencia civil, por más que nos convierta en ciudadanos concienciados, acaba diluyéndose. Y ante este panorama, si no se decide pasar por el aro de crear un partido político o una plataforma electoral para intentar cambiar las cosas “desde dentro”, el escepticismo siempre suele salir ganando. Está ocurriendo desde hace años. Lo estamos viendo todos los días. Las redes sociales se hallan repletas de grupos y asociaciones con este perfil. Nos llegan noticias a cada instante de reuniones y asambleas que parecen entonar su propio canto del cisne antes incluso de echar a rodar por el mundo.

Como el problema parece residir en los objetivos y en el ámbito de actuación, deberíamos tratar de resolverlo haciendo que tanto este como aquellos guarden una férrea coherencia entre sí. No podemos aspirar a cambiar la ley electoral, por ejemplo, si nuestra plataforma cuenta con tan solo doscientos integrantes. Pero también seremos unos ingenuos si pensamos que un número lo suficiente amplio puede producir los cambios deseados. Ya hemos visto en qué ha acabado la mayoría de iniciativas legislativas populares.

Por otro lado, tampoco hemos de esperar absolutamente nada de aquellos que deciden entrar en política. La esencia del régimen obliga a que los programas electorales jamás terminen cumpliéndose, y no solo porque son mera propaganda, sino porque no hay ningún mecanismo legal que obligue a los partidos a cumplirlos. Por eso pueden prometernos la luna, si así les conviene, y se quedan tan campantes. A ello hay que añadir además la trampa definitiva para que todo quede en nada: un sistema parlamentario proporcional que, en aras de la estabilidad, empuja a las minorías a forjar alianzas que suelen terminar traicionando las promesas que en su día hicieron a los ciudadanos.

Entonces, ¿qué hacer?

Decía Thomas Jefferson que una república democrática sobreviviría si cada uno de sus miembros se sentía responsable de ella. Solo podremos ser héroes de nuestra propia Historia si escapamos de todo pensamiento maximalista. La esencia del compromiso reside en el hecho de que seamos protagonistas de los cambios que emprendemos y de que esos cambios nos afecten de manera decisiva. Así reconoceremos en qué consiste la lealtad a unas ideas.

Pensar localmente, pero actuar también localmente.

Y la única manera de hacerlo es en el municipio.

(Continúa en Héroes de nuestra propia Historia 3)

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

Un comentario sobre “Héroes de nuestra propia Historia (2)”

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