Absentismo escolar

Sobre todo me fumaba las clases de Inglés. No me gustaban, y sabía que agenciándome los apuntes de algún compañero era fácil ponerme al día. Luego iba a desayunar por enésima vez a algún bar cercano al instituto. Si había examen a la vista, empollaba; si no, leía La náusea sin enterarme de casi nada aunque esperando, eso sí, que alguna chica pusiera sus preciosos ojos en aquel sartriano ejemplar de adolescente. No era el chaval más listo del mundo, lo juro (un poco presuntuoso tal vez), pero al final sacaba buenas notas. Si hiciera hoy lo que acostumbraba a hacer en mis años mozos, posiblemente me habría ganado varias amonestaciones y alguna que otra expulsión, y lo más seguro es que ahora tuviera detrás a algún asistente social metiendo sus narices en mi familia, en mi alimentación y en mi grupo de amigos. Hoy sé que sería un caso perdido. Hoy sé que sería un absentista.

Por suerte yo estaba en otros menesteres cuando la LOGSE puso candados en las puertas, cámaras en los patios y vendió como un logro irrenunciable de las sociedades avanzadas la educación obligatoria hasta los dieciséis años. Pero no hizo falta ser un lince para darme cuenta de que el abismo existente entre las pretensiones de las leyes educativas y la realidad de las aulas era insalvable. Me percaté en cuanto empecé a dar clase y tuve que hacer algo que ningún profesor en el instituto había hecho siendo yo estudiante: pasar lista. Desde entonces he comprendido que mantener encerradas, como si fueran reses, a un montón de hormonas disparatadas durante seis horas seguidas es una tarea a todas luces imposible.

Los años han ido pasando y continúo observando los esfuerzos de las Consejerías por conseguir que, hasta las dos y media de la tarde, no se vea a ningún adolescente por las calles españolas. Esfuerzos cada vez más fatigosos y siniestros como el último PRAE (Programa Regional de Prevención, Seguimiento y Control del Absentismo Escolar y Reducción del Abandono Escolar), que esta vez trasciende los bizantinismos a los que las autoridades educativas nos tienen acostumbrados, endurece las penalizaciones de las ausencias no justificadas y se atreve a hacer evidente su desconfianza en las familias, los profesores e incluso los médicos que han de expedir los justificantes de consulta. El PRAE acaba con las consignas progreguays para hacer posible la utopía platónica del Estado educador.

Sé que el nuevo intento de poner puertas al campo fallará, pero también sé que el camino ya está trazado y es cada vez más perverso. Se va imponiendo poco a poco la criminalización del absentista, al tiempo que adquiere más sentido aquella definición que el fascista Malaparte hacía del fascismo: un régimen donde lo que no está prohibido es obligatorio.

Yo hoy, viendo por dónde van los tiros de este PRAE, me pregunto si los factótums de mi Taifa son tan aviesos como aparentan o si, sencillamente, quieren salvar su precioso culo vendiendo como educación lo que no es más que escolarización obligatoria.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

2 comentarios sobre “Absentismo escolar”

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