Una ciudad, un balcón, un catalejo

Esta tarde Azorín nos invita a subir al campanario de la catedral para contemplar  la ciudad. Sabemos que la ciudad no es ciudad sino España, pero nos dejamos llevar sin que se nos note que conocemos algunos tropos. En el campanario hay un catalejo, y por él debemos observar la huella que el tiempo va dejando. Es un tiempo como el de los demás países, tenaz e inexorable, con la mirada puesta siempre en el futuro.

Y sin embargo, aunque pasan Celestinas y Lazarillos, diligencias y trenes,  horizontes que adquieren la extensión del progreso, nos vamos dando cuenta poco a poco de que España guarda su propia lógica temporal al margen del mundo, un ritornello nietzscheano que termina devolviéndonos al mismo balcón, al mismo gesto pensativo de la mano en la mejilla, al mismo dolorido sentir.

El recurso cinematográfico del panorama que cambia con el difuminado de la imagen nos convierte en espectadores privilegiados de una Historia que no deja de tener el soniquete de las secretas elegías. Recordamos entonces que la Historia, para Azorín, siempre es secreta, siempre es el fruto casi perverso de cierta propensión al vouyerismo, y que acercando el ojo a la lente no solo se percibe el devenir, sino el alma inmarcesible de los pueblos.

¿Es España aquel balcón, aquel hombre pensativo? Es posible. Basta con percatarnos de ese desvivido vivir que nos hiciera suspicaces y displicentes, de ese solipsismo tan peninsular que nos convirtiera en isla a la deriva. Basta con atender a todas las contumacias que decidieron nuestro destino. Basta quizá con volvernos un poco orteguianos.

Pero esta tarde hay algo más. De repente nos sorprendemos gozosos por haber adquirido una visión integral del tiempo. Somos conscientes, por un instante, de nosotros mismos, capaces de reconocernos en esa alquimia que solo nuestro país ha sabido obrar, la de conseguir que se eternice lo aparentemente insignificante, la de descubrir que tras las máscaras de lo contemporáneo se ocultan los mismos rostros de siempre.

Y nos sorprendemos. Y eso quizá sea lo más sorprendente. Porque de pronto percibimos que algo hay aquí que no nos cuadra, algo que escapa a la lógica de los eternos retornos hispánicos, algo que en el fondo consideramos ajeno.

Es entonces cuando nuestros ojos, deslumbrados aún, se apartan del paisaje que se extiende a los pies del campanario y regresan al catalejo que nos ha otorgado esta clarividencia. Y comprendemos definitivamente qué ha estado sucediendo, por qué nos sentimos como el ciego que recobra la vista después de tantos años.

Así como siempre hubo un balcón y una mano en la mejilla, también existieron observadores que los avizoraban. Pero hace tiempo alguien nos hurtó el mágico artilugio por el que solíamos mirar, y desde entonces hemos deambulado como sombras en la noche, creyendo que logramos la ciudadanía europea cuando ni siquiera habíamos abandonado el mismo vecindario.

Ahora, cuando todo parece haberse derrumbado, quizá sea el momento de anunciar que Azorín y el 98 pueden volver a traernos el catalejo perdido.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

Un comentario sobre “Una ciudad, un balcón, un catalejo”

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