El nuevo ciudadano concienciado

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Desde hace poco, sobre todo a partir del 15-M, ha ido surgiendo una nueva concienciación ciudadana, y, con ella, hay cada vez más personas que se interesan por asociaciones, plataformas y partidos políticos recién estrenados que intentan ofrecer soluciones a la crisis. La verdad es que tienen donde elegir, pues el abanico de opciones es amplio y colorido. El nuevo concienciado asiste a reuniones, se agrega a grupos en las redes sociales, comenta, participa, elabora pancartas, se pone la camiseta de un color y grita consignas en la calle. Es todo fe, es todo voluntad, pero también, y precisamente por ello, tarde o temprano termina siendo víctima del escepticismo. ¿Por qué su compromiso no fructifica y parece estar sujeto a esa poderosa entropía que muere en el desencanto?

Los grupos que canalizan las protestas contra la crisis están fuertemente ideologizados. Las mareas son un buen ejemplo de ello. Atiéndase, si no, a las reivindicaciones de la última manifestación celebrada el pasado 16 de marzo: salario social, banca pública, nacionalización de sectores estratégicos, control de las inversiones en el exterior, educación y sanidad públicas y universales… No valoro estas demandas, simplemente las expongo para que el lector se percate de que todas ellas responden al discurso estatalista de la izquierda. ¿Es esto un problema? Para las personas de izquierdas tal vez no lo sea, sin embargo para el nuevo ciudadano concienciado es, además de un problema, el principal motivo de que al final huya despavorido. Veamos.

El nuevo ciudadano concienciado se acerca a estas plataformas impulsado por el afán de novedad. Y en un principio la encuentra, sobre todo, en esa consabida capacidad que tiene la izquierda para organizarse. El neófito accede sorprendido a sus asambleas y se queda encantado cuando observa que, no solo le dejan hablar, sino que le escuchan. Pero tarde o temprano sufre la gran crisis. La mayoría de estos grupos suelen estar lastrados por su naturaleza asamblearia, que les vuelve farragosos e imprecisos en el diagnóstico político y les obliga a centrarse únicamente en la acción. El nuevo concienciado se suele dar cuenta entonces de que el proceso de reunión, planificación y protesta, cuando se repite hasta la saciedad, se convierte en un lavado grupal de conciencias y, lo que es peor, en un fin en sí mismo. Así que comienza a analizar las situaciones con una nueva mirada, y donde antaño advertía innovación, encuentra ahora poses novedosas que ocultan en realidad viejas actitudes. Donde antes descubría iniciativa, termina viendo hábito.

Generalmente el ciudadano aguanta esta primera embestida de la realidad, más por necio voluntarismo que por convicción. La gota que colma el vaso, sin embargo, no tarda en llegar, y suele hacerlo en forma de revelación, como si fuera un nuevo Saulo que se dirige a Damasco. Puede que esta repentina iluminación no se produzca in situ, pero ruego al lector haga un esfuerzo para comprender mi tendencia a la fábula y me disculpe por concluir con esta última escena.

El nuevo concienciado acaba de terminar la última manifestación organizada en las calles de su ciudad. Se ha detenido un instante, mirando a su alrededor mientras la masa comienza a disolverse. Tiene esa sensación que ya se ha hecho tristemente habitual, como una corazonada que se cumple y también como un déjà vu. Desde que Zapatero negara la catástrofe y Rajoy la agravara siguiendo la doctrina del Sacro Imperio, no ha cesado de acudir a performances, marchas y mareas de todo tipo, y cada vez el regusto en la garganta es más amargo. De pronto, sin saber muy bien por qué, observa a un grupo de personas que se acerca por una de las calles aledañas. Marido, esposa, tres hijos. Evidentemente no han asistido a la manifestación, pues vienen de otro sitio. Entonces el nuevo ciudadano concienciado lo ve claro. Resulta tan claro que duele.

Aquel matrimonio posiblemente también esté concienciado (¿quién no lo está?) y hasta los mismísimos cojones de la crisis, de los políticos, de las mentiras institucionales. Y quizá sienta la misma necesidad que él siente de hacer algo, protestar, mover el culo como sea. Sin embargo ahora sabe perfectamente que aquellas personas jamás acudirán a manifestaciones como la que se acaba de celebrar. Y lo sabe porque, como ellas, hay miles de ciudadanos concienciados que tienen otras propuestas radicalmente distintas a las de las mareas. Ergo, concluye, ninguna marea dará nunca sus frutos, porque parte de presupuestos ideológicos que lastran de raíz sus aspiraciones globales. Enfrente tendrá siempre a esa otra mitad que, estando igualmente cabreada, no está dispuesta a tragar con una banca pública, por ejemplo, o la nacionalización de los sectores estratégicos del país.

Y el nuevo ciudadano concienciado se queda allí un buen rato, pensando en cómo lograr unir esas dos mitades.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

3 thoughts on “El nuevo ciudadano concienciado”

  1. Ese ciudadano en esas asambleas se da cuenta de que, como decía Althusser, todo movimiento ideológico contiene en esencia aquellos elementos que critica en otras ideologías. Es por ello que el hartazgo le invade al escuchar consignas y ver pancartas con siglas políticas, por mucha buena voluntad e indignación que pueda haber tras ellas.
    Tienes razón, la pregunta es si existe una manera de unir esas dos mitades, pero no creamos que la respuesta a nuestra pregunta va a venir de cualquier asociación o grupo político de nuevo cuño. Ha de ser nueva, y si no encontramos nada nuevo corremos el riesgo de volver a lo viejo, a la polarización ideológica que conocemos y cuyos extremismos tanto daño han causado en el siglo XX.

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