Estados Unidos tiene un problema

La talasocracia iniciada por Teddy Roosevelt y las primeras muestras de indignación de intelectuales latinoamericanos influyentes (recuérdese El triunfo de Calibán, de Rubén Darío) hicieron que los primeros pasos del Imperio fueran vacilantes. Pero, tras la independencia de Panamá, USA no tardó en darse cuenta de que, para afianzar su hegemonía en la zona, debía cambiar el tradicional “estilo europeo” de control por otro mucho más sutil que le permitiera estar sin ser, o, mejor, parecer siendo en el fondo lo que al fin y al cabo siempre se había propuesto ser.

Este galimatías copulativo se aclarará definitivamente en plena Guerra Fría, con la creación de Fidel Castro, el primer éxito indiscutible de la política exterior norteamericana. Al tiempo que empezaba a forjarse el mito histórico del mal menor al que los yanquis se habían tenido que plegar a cambio del desmantelamiento de las lanzaderas de misiles, el papel del cubano se definía como el gran polarizador ideológico de la zona. Si se aplica la navaja de Ockham, esta es la única manera de explicar la evidencia de que, mientras que en otros países latinoamericanos (militarmente superiores) Estados Unidos no dudó en aplastar cualquier atisbo de rebelión, en Cuba se haya permitido al régimen resistir hasta el día de hoy.

El golpe de estado de 1992 señaló a Chávez como el sucesor natural de Castro, pero también como el más adecuado, ya que, por tener su país la mayor reserva petrolífera del planeta (en 2011 se estimó en 297.000 millones de barriles) y ser uno de los principales proveedores de Norteamérica, Venezuela era, a todas luces, una bicoca comparada con Cuba. Lo demás, la revolución, la demagogia, el SUCRE, ALBA y todas las consignas que la izquierda latinoamericana (y con especial convicción la española) se ha ido tragando, no dejan de ser consecuencias de esa división que ha mantenido el patio trasero en relativa calma.

Hoy sin embargo Estados Unidos tiene un problema y lo sabe, aunque también es de suponer que la larga enfermedad de Chávez habrá sido aprovechada para pensar largo y tendido y para diseñar planes A, B y Z. Siento curiosidad por conocer quién será el heredero, no en Venezuela, sino en el patio americano al quedar vacante una de las cátedras más ilustres de la política exterior yanqui. Ni Maduro (actual vicepresidente), ni Cabello (presidente de la Asamblea Nacional), y ni mucho menos Adán Chávez (hermanísimo) o María Gabriela (la hija que viajaba en jet privado para ver conciertos de Madonna), dan el tipo adecuado, al menos que se sepa.

Pero es que tampoco en las otras provincias del patio hay personajes que estén a la altura del papel. Aventurar siquiera la hipótesis de que Correa, Morales o Kirchner pudieran suceder a Chávez en el trono es una reflexión estéril, pues su presencia en Hispanoamérica solo ha tenido el cometido de ser la necesaria comparsa de la revolución bolivariana.

Sustituir al venezolano por el boliviano, por ejemplo, sería tan desastroso como relevar a Jorge Javier Vázquez y poner a José María Carrascal al mando del programa estrella de la telenada española.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

2 comentarios sobre “Estados Unidos tiene un problema”

  1. Se rumorea, cada vez con más fuerza, que Garzón mantiene una amistad entrañable con la Kirchner. ¿Estarán los gringos haciendo de casamenteros?

  2. Todo puede ser. ¿Se imagina a Obama vestido de Celestina animando a la Kirchner-Areúsa a que se muestre amable con Garzón-Pármeno? Don Alejo, debería usted dejarse caer más por aquí.

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