Y Toni cantó uno de los nombres de Dios

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Las religiones monoteístas tienen una relación bastante conflictiva con el lenguaje y la divinidad. Por ejemplo: los escribas judíos, antes de caligrafiar alguno de los veintiún nombres que, según la Torá, posee Dios (los musulmanes elevan el número a noventa y nueve), se detenían y adoptaban una actitud de reverencia, porque creían que el mero hecho de escribirlo o pronunciarlo lo hacía presente. La continuidad entre la palabra y la cosa fue estudiada por Foucault hace décadas para exponer precisamente la ruptura de esa ligazón que acabó, en los albores de la historia contemporánea, con el pensamiento mágico.

Pero en algo se tuvo que equivocar Foucault cuando siguen ocurriendo fenómenos de manifestaciones divinas como el que protagonizó ayer Toni Cantó al poner en duda las estadísticas oficiales de la llamada “violencia de género”. Tuvo la osadía de pronunciar uno de los nombres de Dios sin el correspondiente gesto de sumisión y está siendo castigado por ello. El escándalo ha tenido las justas proporciones que tal blasfemia merece, y ha suscitado sugerencias de escarmiento acordes con la gravedad del delito. De todas ellas destaca, sin duda, la propuesta de empalamiento público efectuada por Jorge García Castaño, concejal de IU en el Ayuntamiento de Madrid.

Lo importante de todo esto no son los nombres de Dios (igualdad, género, reinserción, democracia…) que hoy los españoles reverencian so pena de ser arrojados al torbellino de las ménades o (lo que es, sin duda, mucho más doloroso) a los brazos de empaladores tipo García Castaño. Lo importante, lo trascendente, lo terrible es que todos estos términos sagrados surgen de una perversión fundacional que consiste en trasladar, de la sociedad civil, fuente genuina de mores, al Estado, la exclusiva de la creación de lo moral. Son los políticos y sus leyes los que crean las reglas de comportamiento de los ciudadanos, y no al revés. Para ello la desvirtuación del lenguaje es esencial.

La political correctness  no es más que una estrategia de dominio social que nos devuelve a la superstición de creer que las palabras repercuten en las cosas. Así, los términos “violencia” y “género” construyen una realidad incuestionable en la que todas las relaciones entre hombres y mujeres están sujetas a la supuesta violencia que ejercen aquellos sobre estas. Dan igual las evidencias y las estadísticas que contradicen esa verdad de fe. Da igual que el hombre quede indefenso, por ley, con la indecente excusa de la discriminación positiva.

Supongo que de poco servirá que el diputado de UPyD se haya retractado públicamente. La afrenta es lo suficientemente grave como para que tanto él como su partido se vean muy afectados a partir de ahora.

Puedo imaginar el rapapolvo de la ex escriba: “¿cómo se te ocurre no venerar el nombre de Dios?”.

No sea muy dura, señora Díez. Al fin y al cabo su díscolo aprendiz aún no se ha atrevido a nombrar el auténtico, el único, el impronunciable nombre de Dios: Partidocracia.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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