Carta a un alumno de Bachillerato o por qué la literatura es una gigantesca mentira

Celestina

Hace unos días que estás raro. Debes de tener problemas. De hecho, en cuanto empecé a notarlo supe que algo no iba bien. Nunca te preguntaré qué te sucede (no soy un amigo), pero esta mañana, tras tu intervención, he sabido al instante por dónde iban los tiros.

Cuando has levantado la mano, parecía que querías acabar con el estado de ánimo que te está convirtiendo en una sombra de ese alumno brillante que antes eras. Ni siquiera me has mirado cuando has tratado de discutir lo que todos los estudios sobre La Celestina consideran hoy un axioma, a saber: que las palabras de Calisto son tan afectadas e insinceras porque el objetivo de Fernando de Rojas es parodiar el amor cortés. Tú has dicho que no, que eso no podía ser así. Has dicho que percibías una intención distinta, algo que te hacía creer que el autor pretendía todo lo contrario, pero que al final, simplemente, no había sabido llevar a buen término. Ese, has concluido, es el mayor lastre de la literatura: pretender copiar la vida aun sabiendo que jamás podrá lograrlo.

Pero lo extraño de tu intervención no ha estado en el contenido sino en la forma y, tal vez, también en el contexto. Por contexto entiendo, además del aula y esa maldita adolescencia que te está infectando el alma, todo lo que ahora te ocurre y que no cuentas a nadie. Para mí ha sido fácil borrar de un plumazo tesis tan imprecisa y poco fundamentada. Pero has de saber que, en el fondo, soy de tu misma opinión. ¿Que por qué no lo he reconocido en clase? Pues porque los profesores, aunque no te lo creas, se sienten tan vigilados por su propia disciplina que la mayoría de las veces olvidan que, no solo son sus transmisores, sino que también pueden llegar a ser sus intérpretes.

Sí, yo pienso igual que tú. La literatura es un simulacro y una vía de escape. Jamás podrá ser ese espejo a lo largo del camino que Stendhal y los realistas quisieron que fuera. Ni tampoco convertirse en un alimento del alma. La literatura es una pura apariencia. Sus herramientas, las palabras, suelen transformar el mundo en un “algo más”, aunque generalmente ese “algo más” nunca llegue a nada. No te salva de morir de un cáncer. No te ayuda a despejar dudas. Ni siquiera es capaz de mostrarte un sentido preciso de la vida.

Supongo que, en estos momentos, no darás crédito a lo que lees. Que esto te lo diga un amigo o un ingeniero informático, por ejemplo, se entiende, pero alguien que se dedica a impartir clases de literatura tendría que estar loco o ser un cínico para pensar así. Y sin embargo, te lo vuelvo a repetir: la literatura es mentira. Todos los escritores lo saben, todos los profesores lo saben, todos los lectores, en el fondo, lo saben.

Pero te equivocas en algo fundamental cuando insinúas que la parodia del amor cortés es, en La Celestina, el recurso de un autor que se sabe impotente para reflejar las verdades del amor o, simplemente, qué es lo que ocurre cuando dos personas se sienten atraídas. Ahí es donde metes la pata irremediablemente. No, no me contradigo; creo que mi postura es clara al respecto: convengo contigo en el gigantesco embuste que es la literatura, pero no en la verdadera intención de Fernando de Rojas. Voy a empezar explicándote mi desacuerdo. Luego intentaré aclararte lo primero, para que veas que, también en nuestra coincidencia hay matices, precisamente aquellos que te pueden salvar y que tú, por supuesto, no has descubierto todavía.

Es muy probable que te hayas acercado a la obra de Fernando de Rojas buscando respuestas. Y, por supuesto, es muy probable que no las hayas encontrado. Supongo que aquí reside el quid de la cuestión. Te han dicho infinidad de veces que en la literatura están todos los temas del ser humano, y tú, iluso, has leído La Celestina con el ánimo de que sus personajes explicaran lo que te sucede. Lo que te has encontrado ha sido descorazonador: dos jóvenes, como tú, que utilizan todos los tópicos de la época para hacer lo contrario de lo que los tópicos de la época pretenden. La espiritualización del amor es en Melibea una broma y, en Calisto, una broma de muy mal gusto. Celestina es el diablo que muestra la contradicción insalvable entre literatura y vida. Nos enfrenta a la verdad, al abismo que separa el deseo (el amor cortés) y la realidad (las pulsiones sexuales, el interés y la ambición).

Tú querías otra cosa y te has dado de bruces con algo sucio y perverso. Y, sin embargo, lo que ha ocurrido es que no has sabido comprender qué diablos esconde esa historia inmortal. Así que eso es precisamente lo que paso a explicarte a continuación.

Como Azorín expone en Las nubes, yo creo en las palabras que se dedican Calisto y Melibea, y creo también que las calabazas que recibe el bobo de Calisto en aquel encuentro en el huerto no demuestran nada en absoluto, así como nada quiere decir esa descripción tan poco amable que la joven hace de él ante Celestina, la primera vez que esta la visita. Todas esas evidencias me importan un bledo porque estoy cada vez más convencido de que aquí la historia se está desarrollando como Dios manda. Para colmo, pienso que la vieja alcahueta ha actuado correctamente. Mi tesis (como la de Azorín) es que Melibea ha amado a Calisto desde el principio y que le ha costado darse cuenta. ¿Es eso tan raro? ¿Cuántas veces no habrás necesitado un empujón para percatarte de las cosas? ¿Acaso no ha habido veces en que has tardado una eternidad en encontrar algo que siempre había estado delante de tus narices? De haber tenido cerca a alguien como Celestina, ¿no habrías terminado por agradecerle que te hubiera abierto los ojos? Así pues, partamos del hecho de que Calisto y Melibea se aman y, puesto que ambos pertenecen a familias distinguidas, imaginemos que no hay ningún impedimento para que en breve tengamos boda.

Te confieso que a mí me pasa lo que a mucha gente: en el fondo soy un sentimental y quiero creer que las cosas de este mundo tienen un orden y, sobre todo, un porqué. Hay constantes en la vida de los hombres, pautas, modelos que pasan generalmente desapercibidos. Estos patrones son los que otorgan orientación y hasta cierta armonía al universo. Son como la arena que hay bajo el agua. Miramos el mar, dice Azorín, y lo suponemos caótico, siempre en constante movimiento. Nos zambullimos sin embargo en él, y advertimos que el desorden en realidad esconde el silencio, la quietud, la paz de los fondos inalterables. Pues algo parecido observo en la vorágine de amos, criados y prostitutas. El oleaje del interés, del negocio, de la deshonra y de la traición (palabras todas ellas que, hasta el momento, han definido el culebrón protagonizado por Calisto y Melibea) no es más que eso, pura marejada. Bajo la espuma de los días, no obstante, aguarda una historia de amor que a buen seguro terminará felizmente. La misma, eterna historia de amor.

Azorín, en Las nubes, describe una tarde en la vida de Calisto y Melibea. Imagina que se han casado y que tienen una hija a la que han puesto el nombre de Alisa en honor a su abuela. El matrimonio es feliz, nada hay que perturbe la paz de estos últimos años. Calisto, hombre rico y satisfecho, observa a Alisa en el jardín y piensa en lo mucho que se parece a su madre. En ese momento cruza el huerto un halcón, y, tras él, aparece un muchacho que se queda prendado de la joven. La historia, como te habrás dado cuenta, está a punto de repetirse. Mucho cuidado con creer que allí hay gato encerrado o un mero recurso estilístico del escritor alicantino. Azorín puede ser todo lo que tú quieras que sea, todo menos un tramposo. De hecho, su principal objetivo es procurarnos la mirada precisa para entender, no solo La Celestina, sino el mundo. Hemos de estarle agradecido por descubrirnos que el amor de Calisto y Melibea es una historia perenne, que es la historia por excelencia, una recurrencia más dentro del gran círculo del tiempo, dentro de este  eterno retorno.

Habíamos quedado en que la literatura era una enorme mentira que jamás podría coincidir con la realidad. En efecto, lo es, pero no por lo que piensa la mayoría de la gente (incluido tú; tu intervención de esta mañana en clase te delata), sino por algo que paso a explicarte enseguida.

Verás, si por algo se caracteriza la literatura es por su objetivo. Muy pocos te lo dirán, pero su única razón de ser, su única función es la de apartar al escritor y al lector de las garras del tiempo y, por tanto, de la muerte. En todo libro existe un tiempo que escapa al de los relojes pero también que se diferencia bastante de aquel tiempo interior que poco a poco consume al ser humano. Este tiempo, al ser transformado en arte, pierde su carácter lineal y adquiere un significado pleno que es casi imposible de explicar. El mero hecho de leer repetidamente el mismo párrafo, por ejemplo, ya te introduce en un bucle temporal que nada tiene que ver con tu vida. O sí. Porque, ¿acaso la recuperación de la memoria, el simple detalle de acordarte de algo, no te está mostrando una situación atemporal? Del mismo modo que el tiempo recobrado vuelve la línea recta en círculo, escribir (también leer) es transmutar el tiempo lineal en un ciclo pleno de pequeños grupos de redundancias que se alzan, no solo sobre la historia de la humanidad, sino sobre nuestra historia más íntima.

Esa es la mentira que todos ven en la literatura y, por extensión, en el arte en general. Se suele pensar que es mentira porque, aunque la experimentes como algo verdadero, siempre será incomprensible y nunca podrás trasladarla a lo que tú calificas como real. Pero si bien no es aplicable a nada, si bien no es útil, ni te alimenta, ni te sana y ni mucho menos impide que te mueras, ¿por qué ese objetivo?, ¿por qué el tiempo en literatura inaugura, funda y, por consiguiente, repite la desgarradora eternidad que aparece como única alternativa al degradante paso de la vida?

Te habrán dicho en multitud de ocasiones que los libros inventan mundos, universos paralelos a los que fugarse durante una temporada, pero debes saber a partir de ahora que eso es una cursilería. La literatura no inventa nada, sino que te  sumerge en el extraño tiempo de las repeticiones y otorga a lo que ves un sentido completamente nuevo.

Para comprender mejor lo que digo haz esta tarde un pequeño experimento. Abre la ventana de tu cuarto y asómate al exterior. Si por el cielo, de un azul intensísimo, pasan lentas las nubes, fíjate en sus formas. Verás que todas muestran un volumen que te hace desear tocarlas. Posiblemente sean blancas, de una blancura que duele en los ojos. Quédate contemplándolas durante un buen rato. Percibirás que los mil pensamientos que hasta ese momento enmarañaban tu mente desaparecen poco a poco y te vas concentrando en la visión de las nubes, que surcan como grandes navíos el pedazo de cielo que observas desde tu posición. Estas nubes son todas diferentes pero también iguales. Estas nubes, ¿acaso no son las mismas de aquel día?, puede que te preguntes al cabo. En realidad importa poco el día en cuestión, pero seguro que en ese instante recuerdas un cielo semejante, si no exactamente igual, al que ahora contemplas en un día de aburrimiento parecido al de ese preciso momento. Te darás cuenta entonces de que, como las nubes, todo regresa, todo comienza de nuevo para acabar de la misma forma, y así por los siglos de los siglos, amén.

Que esto sea precisamente lo que nos revela la literatura y que haya momentos de recurrencia en nuestra vida real semejantes a los que en la ficción de los libros se abordan, ¿no te dice nada? Sí, por supuesto que te dice algo; lo que ocurre es que es demasiado terrible para tus diecisiete años. La literatura, en efecto, es mentira (y así se debe impartir en las clases, así tenemos que considerarla día tras día si no queremos perder definitivamente la cabeza) desde el punto de vista de eso a lo que tú has llamado esta mañana vida. Y, sin embargo, que haya momentos recurrentes en la vida, ¿no podría significar en realidad que aquí lo único subsidiario y, por tanto, la auténtica mentira, es la misma vida? Sé que es complicado; ni yo mismo puedo llegar a entender en toda su amplitud lo que te estoy sugiriendo. Es una emoción más que un pensamiento.  Es la obsesiva intuición que te dice que quizá todo esté al revés, que a lo mejor estamos ciegos. Llevamos tanto tiempo pensando lo contrario que ahora nos resulta demasiado difícil despertar. Aunque en el fondo todos sepamos que nos engañamos y que la cosa está muy clara: la literatura no imita la vida, sino que es la vida la que trata de remedar esa eternidad que es propia de la literatura.

Sabes que a un acontecimiento le sigue otro. Das por sentado que la vida es una sucesión de instantes. Estás seguro de que todo se pierde, de que el pasado es irrecuperable. Y, aunque te fastidie, piensas que lo normal es que así sea. El amor de Calisto tuvo un principio y tendrá, por supuesto, su final. Celestina habrá de morir algún día. Melibea, la pobre, es una prisionera del tiempo, al igual que todos nosotros. Esa sensación de los primeras semanas que hacía imposible que te separaras de la persona amada, ¿no terminó desvaneciéndose? Aquellos primeros besos, ¿no son ya irrecuperables? ¿Quién podría pensar de otra manera? ¿Qué loco imaginaría una existencia que no fuese un lento e implacable acercamiento hacia la muerte?

Resulta que ese loco es tu profesor de literatura, quien (para que vayas de una vez comprendiendo qué diablos sucede a tu alrededor) afirma rotundamente que nada tiene principio ni final porque todo nace y muere, vuelve a nacer y a morir constantemente. El día de hoy se repetirá infinitas veces. Infinitas veces te levantarás e irás al instituto. Infinitas veces volverán a estar presentes las personas que conociste. Infinitas veces regresarán las mismas cosas, con las mismas propiedades, en las mismas circunstancias, desarrollándose de la misma forma. Este ciclo eterno es el orden inalterable del universo que menciona Azorín, el fondo marino que las olas ocultan ante nuestra mirada, el patrón mediante el que se rigen todas las cosas de este mundo.

En La Celestina el asunto está más claro que en otras obras porque el libro es deudor de una de las tradiciones más recurrentes de Occidente. Me refiero al amor cortés, filosofía y estilo literario que surge en la luminosa corte de Leonor de Aquitania y que rápidamente se extiende por toda Europa. Tú estarás harto de que, para estudiar la literatura medieval, siempre se suela recurrir a él. Pero lo que a lo mejor no sabes es que, antes que una tendencia literaria, es sobre todo una forma de amar, la única, si te soy sincero, que el hombre occidental puede entender hoy día. En esta tradición es donde se pone de manifiesto lo que te acabo de señalar. El amor cortés, nacido de la literatura, cala tan profundamente en el alma europea que, en cuanto surge, deja de ser literatura para convertirse en vida. Nadie actualmente (ni siquiera tú) se enamora sin seguir sus reglas.

Precisamente por ello, la recurrencia y el eterno retorno son más obvios en la obra de Fernando de Rojas que en muchas de su misma temática. Porque, si te das cuenta, que exista parodia del amor cortés, que haya una intención realista y desmitificadora de lo que es el amor, te permite analizar, verte reflejado y entender que, a pesar de todo, siendo en realidad toda idealización un quiero y no puedo, al final los hombres, no solo aman de la misma manera, sino que repiten la misma historia de amor.

Entonces, si el tiempo es un retorno eterno de lo mismo hacia lo mismo, ¿por qué casi nadie se da cuenta?, ¿por qué la mayoría de nosotros piensa que todo es perecedero? ¿Por qué tú estás sufriendo en secreto lo indecible y pensando que todo tiene un final que siempre suele ser doloroso? La respuesta es fácil, y, si te tuviera enfrente en este instante, dejaría que fueses tú quien la contestara.

A la mayoría de la gente le falta la mirada adecuada, le falta la precisa preparación para detener el paso, respirar profundamente y atender con ojos distintos la realidad de las cosas. He ahí la respuesta.

Y, como ya habrás adivinado, esa mirada es la literatura. Si esta tarde llevas a cabo el experimento que te acabo de sugerir, puede que adquieras, sin saberlo, la mirada. Y puede que también descubras ese orden oculto (submarino) del mundo.

Bienvenido a la realidad de la mentira. Ahora estás preparado para ver qué esconde la historia de amor entre Calisto y Melibea. Podrás comprender que ambos son personajes de un argumento que, como tu vida, se repite hasta el infinito, y que el flechazo, las dudas, las emociones que ellos sienten se han repetido eternamente en el universo.

Te darás cuenta al fin de que los enamorados son tú mismo en todas las formas que puedas imaginar, y que su amor es, por supuesto, el amor que te está arrebatando el corazón últimamente.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

3 comentarios sobre “Carta a un alumno de Bachillerato o por qué la literatura es una gigantesca mentira”

  1. Admirado David,

    leerte es siempre un placer, y más si tengo el plus de conocer tu voz, tus ademanes, todos estos detalles que hacen la lectura más cercana, y también más realista (aunque no me refiera a Stendhal ni a los realistas).

    A mí la literatura empezó a gustarme cuando vi que en las historias que contaban los escritores de libros yo podía imaginarme lugares, escenas, sentimientos que no eran (y sí) los del autor. Como modo de mantener viva la llama de mis recuerdos, a mí empezó a gustarme la literatura. De modo que la entiendo como algo muy personal pero al mismo tiempo como algo de todos. Aparte, las prosas y los estilos son hábiles seducciones que nos atrapan, y que sirven para seguir removiendo la palangana de las palabras. Con el paso de los años uno va almacenando recuerdos no sólo de la vida, sino también de la literatura, que es como una vida pero atemporal o sempiterna (muy pedantillo esto último)

    Enhorabuena y, como digo, siempre es un placer.
    Un abrazo!

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