La izquierda y yo

La izquierda tiene la voz, pero yo, cuando la escucho, me sumo en un profundo hastío. Porque sus integrantes jamás podrían vivir de lo que propone, es hoy pura mojigatería. Porque su reino ya no pertenece a este mundo, es hoy la nueva religión del estado de partidos. Su discurso (hipertrofiada voluntad de estilo) es la última versión de un catolicismo nacional que sirve para guardar las apariencias y que nadie cumple. Es la hipocresía del señorito de misa diaria que por las noches se va de putas.

La izquierda, en España, dice muchas cosas, pero yo sé que siempre termina haciendo lo contrario. Y no porque engañe, sino porque su nociva ingenuidad acaba siempre en frustración. Se frustra cuando propone un cambio económico sin tener en cuenta que la mitad de la sociedad no lo desea. Se frustra cuando antepone la distribución de la riqueza a la libertad política de los ciudadanos. Se frustra cuando desprecia el hecho incontestable de que, mientras no se modifiquen las reglas de juego y las instituciones que se sirven de ellas, toda revolución será imposible.

La izquierda dice luchar contra el régimen pero yo la veo como uno de sus pilares. El PSOE lo sostiene en los ministerios y las consejerías. Los sindicatos de clase lo soportan entre el funcionariado. IU lo aguanta en la calle y en las acampadas. Los nacionalistas lo alimentan con la contradicción de su revolución terruñera. Es su brazo social. Su guardia de corps. Su propagandista más taimado. Vende la Transición como un virtuoso periodo de contención y responsabilidad. Silencia, sin que nadie le reclame ninguna explicación, las consecuencias de la entrada en la UE y en la OTAN. Participa de la partidocracia en todas sus jerarquías sin cuestionarlas. Hace de las huelgas generales un ejercicio gatopardiano de reseteado nacional. Publicita el desastre educativo como una victoria de la igualdad. Es capaz de anular la fuerza inicial de un 15-M convirtiéndolo en un carnaval inofensivo.

La izquierda tiene la calle, y yo, en definitiva, un aburrimiento cada vez más insufrible. La observo y me viene el mismo dejà vu mortalmente tedioso. Ha entrado en un bucle infinito del que se retroalimenta. Su particular día de la marmota le permite seguir haciendo cierto ruido mediático. Nada nuevo, sin embargo, bajo su sol de referencias a los “mercados”. Nada nuevo bajo sus consignas de falansterio postmoderno. No recicla. No innova. No influye. Es un Saturno que se alimenta de sí mismo. Es una pescadilla que se muerde la cola. Es una superviviente de su propio consumo interno.

Por eso no podrá contar conmigo este 23-F.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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