La traidora y el dinosaurio

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(Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí)

El observador sabe que no importa mucho quién sea Beatriz Talegón, no importa lo que haya dicho ni lo que haya traicionado. El observador es consciente de que el cargo político de la señorita, sus viajes y su sobrado poder adquisitivo no hacen la felonía más relevante. Está acostumbrado a que, en España, la superficie de la realidad sea el hábitat natural de la prensa subvencionada. Todo eso no le preocupa.

El observador, además, sabe que la mayoría de ciudadanos cree que todo se derrumba a su alrededor, que todas las máscaras caen, que no hay escapatoria. El observador lo sabe, pero también sabe que el régimen político lo sabe. Y sin embargo, tras esta anagnórisis del traidor (o, como diría el castizo, tras esta caída del guindo) hay una cosa que no cuadra, y, si lo hace, suele pillar al observador siempre a contrapié.

El revuelo causado es lo que no cuadra, así como no cuadra tanta ceguera hasta el momento. Y el observador se pregunta: ¿quién es Leire Pajín?, ¿quién Soraya Sáenz de Santamaría?, ¿quién Rubalcaba?, ¿quién Rajoy? ¿Acaso los españoles no vieron la traición antes, cuando Zapatero levantaba el puño y cantaba la Internacional?, ¿no observaron la misma falta de vergüenza cuando Aguirre hablaba de libertad económica?

El observador piensa, por supuesto, que no es el primer caso de traición a unos ideales en España, que las sedes de los partidos políticos están repletas de Beatrices, que el país está gobernado por una de ellas y que, por la misma escalera que asciende la señorita Talegón, ascendió en su día Suárez (cuando estuvo en la Falange) y todos los que le sucedieron en la Moncloa.

Pero también considera que existe algo en esa capacidad de escándalo de los españoles ante la traición, un no sé qué de exagerado, que la hace inversamente proporcional al grado de sinceridad que la gente está dispuesta a tener consigo misma. La mentira de hoy no lo fue antes porque a la mayoría de los ciudadanos le convenía que no lo fuera. Ahora, cuando el régimen aparenta que se tambalea, la mentira pone a todos los españoles en evidencia. Y en este vaivén de mentiras y traiciones, la realidad ha sido siempre la misma y las Beatrices de la política también. Los únicos que han cambiado son los ciudadanos, que ahora han decidido echarlas de sus manifestaciones de protesta.

El observador sabe que toda traición se basa en la mentira. El observador (que en realidad quiere ser filósofo) medita un instante sobre la esencia de la mentira, y llega a la conclusión de que esta no depende tanto de quien la emite como del que está dispuesto a tragársela. Su reflexión es casi un corolario susceptible de volverse axioma. La evidencia lo constata.

Por eso el observador se atreve a ir más allá y anota finalmente en su libreta de observador: aquí los únicos traidores (traidores a sí mismos, se entiende, y a su silencio cómplice de décadas) son los españoles, y para que no los pillen, fingen que despiertan y que acaban de percatarse de que el dinosaurio aún estaba allí.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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