La fórmula secreta

Nunca han sido los españoles grandes propagandistas de sí mismos porque nunca han dado una solución autóctona a lo que son. Ni siquiera cuando luchamos contra la invasión napoleónica pudimos encontrar nuestro propio volkgeist. De hecho, fueron ellos, los franceses (y antes los ingleses con su leyenda negra), quienes nos dieron a conocer al mundo. Ya se nos describía en la enciclopedia de Diderot como un pueblo atrasado, cainita, con la guitarra siempre al hombro y enemigo del trabajo y el progreso. El ascendiente francés hizo que el alma hispánica, huérfana de espejos donde mirarse, asumiera como suya esa imagen y la exportara a partir de entonces. Por eso mienten quienes hablan de un nacionalismo español. No hay tal, sino consigna francesa de lo que supuestamente es “ser español”.

Asumiendo esta premisa, cobran sentido muchas cosas del pasado, del presente y, acaso, de lo que está por venir. Porque el proceso de falso autodescubrimiento nos impuso una posibilidad copulativa (de ser, de estar y de parecer) que ha tenido su máxima expresión en la figura del intelectual. Este producto typical spanish, que nace con los afrancesados, crece con los pensadores del 98 y madura con la gauche divine del Bocaccio, se caracteriza por el profundo cansancio que le provocan sus compatriotas y por esa búsqueda tan literaria en pos de lo que quiera que sea España. Somos el único país que, por no salir del bucle creado por la Ilustración francesa, ha hecho del desprecio a sus moradores una manera de filosofar.

Y en esta verdad (no en otra) reside el quid del régimen actual. La cursilería de la modernización de España, que el periodismo subvencionado de la Transición lanzó a los cuatro vientos, fue en realidad un eufemismo. España no se modernizó, sino que se postmodernizó al hallar la fórmula secreta que le permitía quedar  libre al fin de sobresaltos guerracivilistas. Azaña ya la dejó entrever en algunos de sus escritos. Franco siguió el ejemplo y la puso en práctica hasta sus últimos días.

La fórmula, que consiste hoy en llevar a la Moncloa esa pulsión intelectual de odio supremo a los españoles (véanse ETA, las leyes educativas, el 11-M, el engaño hipotecario, el saqueo de la hacienda pública…) para anular el odio que los españoles se tienen entre sí, es la que ha convertido al régimen salido de la Constitución del 78 en un búnker absolutamente infranqueable. Rajoy no es ningún tonto; la conoce perfectamente. Y Rubalcaba también.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

5 comentarios sobre “La fórmula secreta”

  1. La España de Mérimée. Una tía buenorra y putón, un torero así como machote y un militar sentimentaloide. La España imperecedera. ¡Viva José Tomás! ¡Viva la muerte!

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