Habemus consensum

Que las palabras influyen en el mundo es algo que saben bien los hechiceros, los poetas y, en el régimen español, los políticos crecidos a su sombra. Presentado el consenso -vocablo de origen eclesiástico- como la quintaesencia de la democracia, se ha creado una realidad política fundamentada en pactos secretos que obligan a cada parte a la renuncia de algo que, hasta el momento, resultaba sustancial. El statu quo se retroalimenta así de las pequeñas traiciones que a una y otra orilla del espectro ideológico hacen que, finalmente, no haya en realidad ninguna diferencia entre ellas, siendo posible, por ejemplo, que la derecha se vuelva antiliberal friéndonos a impuestos y rescatando bancos, y la izquierda promueva durante décadas la liberalización de las empresas públicas. El anhelo de consenso, convertido en virtud democrática, maquilla la verdad de un régimen donde los ciudadanos nada tienen que aportar a unos partidos que nunca les representaron.

Es comprensible, por tanto, que se recurra al abracadabrante consenso siempre que la crisis asoma en el horizonte, porque el enfrentamiento real y el debate abierto dejarían con el culo al aire a todos los partidos políticos. La historia reciente posee varios episodios significativos: la muerte del dictador, la farsa golpista de 1981, el silencio mediático y jurídico de la corrupción y el crimen de estado tras la primera victoria de José María Aznar, la reforma autonómica impulsada por José Luis Rodríguez Zapatero, la debacle económica y, ahora, los cantos de sirena que alientan la regeneración política.

Pero si ha habido un consenso esencial en el chiringuito español, ese es sin duda el consenso educativo. De hecho, constituye uno de los pilares fundamentales sobre los que se apoya el edificio de la partidocracia. Por eso, que la derecha trate de sacar adelante la LOMCE insistiendo en que las cosas funcionan mal nunca significará absolutamente nada, pues, en realidad, siempre tragó con el desastre en las aulas cuando estuvo en el poder y, todavía hoy, a pesar del ruido mediático, lo sigue haciendo en sus respectivas taifas. Pero, por otro lado, que la izquierda se presente ahora como la defensora de la calidad educativa, cuando ha sido la mano ejecutora de todas las reformas desde 1978,  tampoco quiere decir que se oponga a lo que está por llegar, si llega.

Salga o no salga adelante la LOMCE, venga o no el PSOE dentro de unos años para endilgarnos otra ley, habemus consensum: retrasar la edad de incorporación de los españoles al mercado laboral, obtener una mano de obra acorde al perfil productivo que la UE hace tiempo diseñó para España, continuar con la pax social y política que unas mentes opiadas y borreguiles suelen procurar y seguir manteniendo el cortijo de los consabidos grupos de poder.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

2 thoughts on “Habemus consensum”

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