Está perfectamente claro

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Durante un mes y medio di clase a Juan Antonio en 2º de ESO, hace ya la friolera de nueve años. Había repetido una vez el curso anterior, pero no era un alumno PIL (Promociona por Imperativo Legal). Poseía un nivel de lectoescritura acorde con su edad y en el cálculo matemático destacaba incluso por encima de sus compañeros. Su carácter era difícil sin embargo, y no había día que no fuera enviado a Jefatura de Estudios con alguna amonestación. Su historial familiar era también bastante peliagudo. Nunca conoció a su padre, y su madre había muerto hacía dos años dejándolo bajo la tutela de su segundo marido, quien, a su vez, tenía tres hijos de un matrimonio anterior. Juan Antonio no se llevaba bien con su padrastro, en paro desde hacía meses, y parece ser que, para evitar su presencia, pasaba la mayoría de las tardes en la calle, vagando de un sitio a otro y metiéndose habitualmente en líos que luego los compañeros de clase relataban llenos de admiración. La familia malvivía en una ruina de casa de la parte antigua del pueblo. La carencia de higiene era evidente en el aspecto del chaval, quien, además, muchas veces se quedaba sin el almuerzo por no tener dinero para comprarse un bocadillo.

Pero, como ya he dicho, Juan Antonio no era PIL. Nunca promocionó por ley. En su segundo año de 1º de ESO solo le había quedado la Educación Física por su temperamento impulsivo e indisciplinado. Sus notas no eran maravillosas, bien es cierto, sin embargo el chico nos había dejado asombrados haciendo gala de una inteligencia y, en ocasiones, una madurez impropias de su edad. Si con lo mínimo Juan Antonio era capaz de aprobar casi todas las asignaturas, todo apuntaba a que, cuando algún profesor consiguiera sentarlo a estudiar, destacaría por encima de la media. No obstante su destino ya estaba escrito. Pasaba a 2º de ESO con la marca de alumno de Compensatoria por obra y gracia del Departamento de Orientación. Recuerdo que, durante la sesión de evaluación inicial, la discusión se mantuvo durante más de hora y media. Fue inútil. Finalmente ganaron los argumentos paternalistas, legalistas y wishful thinking de siempre: las cosas no eran así, la realidad era otra, por mucho que me empeñara yo debía aceptar que la situación familiar del chico lo convertía en carne de Compensatoria.

Aquel día vi por primera vez las fauces del sistema. Comprendí que las legiones de la reforma se habían ocupado concienzudamente de echar sal sobre las últimas ruinas de la enseñanza para impedir que la distinción y la excelencia volviesen a poner en duda su igualitarismo de gulag. Y desde entonces he sabido que hay algo más que estulticia política en el desierto de la enseñanza, que, como Jean-Claude Michéa advierte, todo se debe a un plan preestablecido, y que, a pesar de los cambios políticos y sociales de los últimos cuarenta años, a pesar de la extensión de la obligatoriedad de la enseñanza, a pesar de que nunca el sistema educativo recibió tanta pasta como la que ha recibido, son todos esos Juanantonios los que actualmente nutren las estadísticas del fracaso. El sistema ha conseguido justo lo contrario de lo que predicaba: lastrar desde el principio cualquier posibilidad de promoción social en el alumnado más desfavorecido. Así de sencillo. Y así de crudo.

Por eso, cuando oigo al ministro Wert -como todos los del PP, otro logsiano más- decir eso de que los conejillos de indias deben estudiar lo que les dé trabajo y no lo que les guste, no me escandalizo. Sé de qué habla. Está perfectamente claro.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

2 comentarios sobre “Está perfectamente claro”

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