La evolución de las costumbres. Una historia real

1.

Siempre me ha parecido muy reveladora la obcecación de los últimos gobiernos por normativizar el uso de la lengua. Pero, más que reveladores, significativos de las intenciones reales que motivan esta testarudez resultan los procedimientos que se están poniendo en práctica para interferir, no solo en la manera de hablar de los ciudadanos, sino en su forma de pensar. Que hayan existido una Ley de Igualdad o un Ministerio de ídem es una fruslería, sobre todo si alguien se atreve a comparar estos hechos con lo que en los sanctasanctórums de la nueva ingeniería social -léase centros de enseñanza– están llevando a cabo algunos zapadores del pesebre. El caso del lenguaje, y más concretamente del llamado lenguaje no sexista, hace tiempo que pasó la delgada línea roja que separa el sentido común del esperpento.

Recuerde el alma dormida que, según los gurús de la secta, la lengua es fiel reflejo de los pecados sociales de la mayoría, y que, al haberse constituido la sociedad en un ente perversamente patriarcal, el uso que los hablantes hacen del idioma ha de ser machista por narices. Lo peor del caso no es el batiburrillo conceptual y metodológico que suele caracterizar a este tipo de tesis -del que la sociología se erige, sin duda, como el anillo único de poder que ha de dominar a todas las demás ciencias-. Lo peor no es que sus propuestas pretendan entrometerse en disciplinas -la gramática es la que más atracción les provoca- con presupuestos tan falaces como irrisorios -el concepto de género, una mala traducción del término inglés gender, es quizá el más significativo-, dictando recomendaciones políticas y normas legales contrarias a lo consuetudinario. Lo verdaderamente sangrante de todo esto es que la mayoría de hispanistaníes sea capaz de detectar el esperpento, que muy pocos admitan ahora sin sonreírse cualquiera de las medidas que suelen partir cual nocturna bandada de algunas fundaciones y think tanks, y que, sin embargo, nadie haya caído en la cuenta todavía de que la táctica consiste precisamente en ese desvío de la mirada que procuran el absurdo y la consiguiente rechifla. Y, la verdad, el plan no está yendo mal del todo. Al fin y al cabo, que los españoles se pitorreen de medidas pro igualdad de “género” y no muevan un dedo solo significa que, lamentablemente, seguimos siendo espectadores gozosos del sainete y la astracanada. Mientras tanto,  la lista de tabúes sociales no para de crecer, los argumentos se vuelven más pobres y los debates más dirigidos.

Hace unos meses la Universidad de Murcia fue noticia en algunos medios de comunicación por la publicación de la Guía de uso no sexista del vocabulario español. La respuesta de algunos profesores de la Facultad de Letras a semejante libelo fue como era de esperar: pusieron el grito en el cielo, se mesaron las barbas y de repente -supongo- sintieron el primer puñetazo en el estómago de una realidad de la que al parecer habían estado demasiado alejados. Cuando sucedió todo esto, a un servidor de ustedes únicamente se le ocurrió esbozar una sonrisa entre maliciosa y cansada, y susurrar por lo bajini eso que solía decirme mi padre cuando me topaba contra el muro de la evidencia: ¿lo ves?, si ya lo decía yo…

Les voy a contar una historia que ocurrió hace dos años. Les enseñaré cómo se las gastan las instituciones de este país. Me propongo hoy demostrarles que la cosa no tiene nada de chiste, que va absolutamente en serio.

2.

A mediados del mes de abril del curso 2009-2010, un profesor de nuestro Seminario de Lengua se atrevió a intervenir públicamente en un taller de lenguaje no sexista, organizado por la Concejalía de la Mujer de Bullas -en la taifa murciana- y dirigido a alumnos de 4º de ESO, para cuestionar, siempre con los argumentos que ofrecen la lingüística y las reglas gramaticales, el concepto de “género” que allí se estaba exponiendo. A raíz de esa anécdota, la encargada de impartir dicho taller escribió a la directora del instituto una carta de protesta donde, entre ayes lastimeros y muestras de indignación, exigía que se diera un “toque” (sic) al profesor por haberla humillado en público. En realidad lo único que había ocurrido era que mi compañero se había atrevido a interrumpirle para decir que el concepto de género era una categoría gramatical, que las personas no tenían género sino sexo. Por lo que se ve, esta intervención había levantado algunos murmullos y sonrisas entre los alumnos, hecho este que la señorita, a pesar de ser licenciada en Pedagogía, no comprendió. Al enterarnos los miembros y las miembras del Departamento de Lengua de la existencia de la carta, no dudamos en dirigirnos a la concejal de la Mujer con otro escrito, en el que, basándonos siempre en la norma lingüística y gramatical del español, intentábamos justificar nuestro pleno desacuerdo con los contenidos del taller de marras.

Un mes más tarde, para nuestra sorpresa, recibimos una carta de la Unión General de Trabajadores -sección sindical del Ayuntamiento de Bullas-, donde se protestaba por el trato “humillante” (sic) que supuestamente habíamos dispensado a la señorita en cuestión. Y aumentó aún más la sorpresa cuando nos enteramos de que nuestra carta había pasado antes por las oficinas centrales del sindicato. Algo mosqueados ya, no tardamos en dirigirnos nuevamente a la concejal de la Mujer para manifestarle en los mismos términos nuestra indignación y para tratar de aclarar que en ningún momento habíamos puesto en duda la labor realizada por la encargada del taller, sino que nos habíamos atrevido a cuestionar los contenidos del mismo por considerarlos contrarios a esas reglas gramaticales y comunicativas que, desde siempre, habíamos tratado de impartir humildemente en nuestras clases.

Sin embargo el asunto no terminó ahí. Tiempo después volvimos a recibir otro escrito, esta vez firmado por el entonces alcalde de Bullas  –Esteban Egea-, del Partido Socialista, donde de nuevo aparecía la protesta formal y se nos instaba a reconocer que el idioma español mantenía roles manifiestamente sexistas que debían ser modificados, y, por consiguiente -así creímos entenderlo-, a confesar que estábamos equivocados. Volvió la sorpresa y también la indignación, pero, sobre todo, comenzamos a darnos cuenta de que las autoridades públicas se estaban tomando muy en serio el tema, cosa que, al menos a un servidor, le inquietó bastante. Decidido a zanjar de una vez esa demencial relación epistolar, aproveché que el señor alcalde iba a asistir a la fiesta de fin curso de 2º de Bachillerato para hablar con él. El munícipe por antonomasia me despachó en cinco minutos con los mismos argumentos que había expuesto -o le habían expuesto- en su carta. Yo traté de contrarrestarlos con los que aportaban las reglas del uso del español, e incluso osé espetarle que los profesores de Lengua estábamos aquí para explicar Lengua y no doctrina política. Nada. Me hizo ver que jamás nos íbamos a poner de acuerdo y se despidió de mí enseguida, lo cual me cabreó bastante porque, además de haberme dejado con un palmo de narices, el tipo había rebajado, con la habilidad de un Protágoras, la disciplina en la que se supone soy experto a la altura de la mera opinión, con la que se podía o no convenir.

Pero aún estaba por sonar la traca final. Y sonó el día 24 de junio, en plena reunión de Departamento. El secretario del instituto nos pasó un sobre con el sello de, ni más ni menos, la Consejería de Política Social, Mujer e Inmigración de la Región de Murcia, en cuyo interior venía una carta firmada por el Jefe del Servicio de Planificación y Programas del Instituto de la Mujer (aquíaquí y aquí). Días después del mensaje conesejeril -más digno de la Stasi o de la Gestapo que de la institución de un país supuestamente democrático-, respondimos con otra en la que  decidimos mostrar sin tapujos nuestra hinchazón y exigir disculpas. La dirigimos a don Joaquín Bascuñana García, Consejero de Política Social del Gobierno del señor Valcárcel -como todos sabrán, del Partido Popular-. Logramos, para ello, que tanto la directiva como la comisión pedagógica del centro firmaran el texto. Además, pusimos en conocimiento de lo sucedido a la RAE, cuyo Secretario, don Darío Villanueva, se dignó a contestarnos prometiendo prestar al hecho la atención que se merecía.

Les dejo un extracto de nuestra carta, de la que, para no ser reiterativo, he eliminado el fragmento que narra los sucesos que habían venido acaeciendo desde abril.

3.

«El pasado 24 de junio el Departamento de Lengua Castellana y Literatura del IES [..] recibió una carta, con fecha del 15 de junio, firmada por el señor Don Enrique López Martín, Jefe del Servicio de Planificación y Programas del Instituto de la Mujer, en la que se nos exponía una serie de argumentos que justificaban la conveniencia de utilizar el llamado “lenguaje no sexista” en nuestras aulas. Dicha misiva -cuya copia adjuntamos a continuación-, repleta de juicios de valor que califican negativamente nuestra labor profesional y el trabajo realizado por una institución tan respetable como la Real Academia Española de la Lengua, nos ha causado una indignación tal que no hemos dudado en dirigirnos a usted para ponerla en su conocimiento y exigirle, cuando menos, una disculpa en su nombre y en el de la Consejería a la que representa.

Todo este asunto tiene su origen en lo ocurrido […]

En la carta de la Consejería de Política Social, Mujer e Inmigración, el señor Don Enrique López Martín cae en las imprecisiones conceptuales y argumentativas y en los juicios de valor que pasamos a exponerle:

1. Se nos dice, literalmente, que desconocemos las leyes y las recomendaciones internacionales, nacionales y regionales sobre el uso no sexista del lenguaje. Los miembros del Departamento de Lengua queremos saber qué leyes de nuestro ordenamiento jurídico nos obligan a hablar de la forma como sugieren los consejos ofrecidos por esas instituciones internacionales, nacionales y regionales. También deseamos saber si el señor López Martín conoce la diferencia entre prescripción -inherente a toda norma- y recomendación -que es básicamente a lo que organismos como la UNESCO pueden limitarse-, y, por tanto, en virtud de qué mecanismo las recomendaciones sobre el uso del lenguaje no sexista deben ser consideradas como leyes.

2. Se nos indica que «La RAE, compuesta mayoritariamente por hombres, no se acomoda a la realidad social y defiende el uso sexista del lenguaje como si las mujeres detentaran los mismos roles que en el siglo XVIII». Los miembros del Departamento de Lengua creemos que, con esta aseveración, el señor López Martín incurre -por este orden- en un error de bulto, en una falacia y en una flagrante falta de respeto a la labor realizada por dicha institución académica. El error está motivado por su desconocimiento de que la RAE tiene como único objetivo -y también como única razón de ser-, no imponer las normas que los 44 académicos de la lengua inventan en sus ratos libres, sino acomodarse al uso que la mayoría de los hablantes de español hacen del idioma; en este sentido, las sucesivas ediciones del Diccionario de la Lengua Española incorporan nuevos términos en virtud de su uso y desechan otros que los hablantes ya no reconocen. Es normal, por tanto, que el argumento del señor López Martín caiga en la falacia cuando habla de “realidad social” y cuando atribuye a la RAE el pecado de defender el lenguaje sexista, ya que, al desconocer el auténtico cometido de la institución, le achaca un defecto que en última instancia no sería propio de ella sino de todos los hablantes del español -y suponemos que el Jefe del Servicio de Planificación y Programas del Instituto de la Mujer de la Región de Murcia, cuyo sueldo pagamos todos los murcianos, no habrá querido decir lo que, como se puede comprobar, en realidad ha dicho-. Por último, los profesores del Departamento de Lengua consideramos inaceptable la acusación que el señor López Martín hace a la RAE y a sus miembros. Así como, por ejemplo, el señor López Martín jamás tildaría de “sexista” nuestro Departamento -compuesto, durante el curso que acaba de concluir, por tres hombres y seis mujeres-, creemos tendencioso, simplista y demagógico insultar de esa manera a una de las instituciones más respetables de nuestro país atendiendo al número de varones que la componen.

3. Se nos señala que el lenguaje no es neutral, que es una adquisición cultural y que el masculino, al englobar a las mujeres, las termina excluyendo. Se mencionan, como citas de autoridad, las consabidas recomendaciones de la UNESCO y las conclusiones de la IV Conferencia Mundial sobre Mujeres de Pekín. Los miembros del Departamento de Lengua creemos que dichos argumentos -tanto los de los mencionados organismos como los esgrimidos por el señor López Martín- ignoran conceptos históricos, filosóficos, lingüísticos y gramaticales esenciales. Uno de ellos proviene de la idea, expresada en la cita de la UNESCO que se nos proporciona en la carta del señor López Martín, de que el lenguaje, como producto social, influye en nuestra percepción y condiciona nuestro pensamiento. Si esto fuera así, si esto hubiese alcanzado esa categoría de axioma indubitable que se le pretende dar, ¿cómo habría sido posible que, a partir de un uso tan rematadamente sexista del lenguaje -que, como se dice, condiciona nuestra manera de pensar, de ser y de estar en el mundo-, se hubiera llegado a las conclusiones que los partidarios del uso no sexista del lenguaje vienen manifestando desde hace años? ¿Habrían sido ellos los únicos capaces de escapar de esta supuesta ley universal? A nuestro entender, que existan comportamientos sexistas nada tiene que ver con la lengua ni con sus reglas gramaticales. Pensar lo contrario es caer en la consabida falacia lógica del post hoc, ergo propter hoc, muy común en estos casos. Otro de los conceptos ignorados por el señor López Martín es el que hace referencia a la distinción entre género marcado y género no marcado. Consideramos que vincular la división de géneros gramaticales con la ideología se aparta radicalmente de la referencia empírica. En casi todas las lenguas indoeuropeas antiguas, por ejemplo, había tres géneros gramaticales -femenino, masculino y neutro-, y el menos marcado era siempre el género neutro. ¿Podríamos deducir sin sonrojarnos que estas lenguas -latín, griego, etc.- daban distinción especial a lo inanimado sobre las personas? No. El sentido común nos dicta sin duda otra conclusión mucho menos extravagante: la lengua es, en efecto, una adquisición cultural, y, como tal, una convención. El español establece, convencionalmente, que el género no marcado sea el masculino, que este se utilice de manera genérica para englobar tanto a mujeres como a hombres; y no porque lo diga una institución “tan sexista” como la RAE, sino porque así lo imponen los millones de hablantes del idioma. Por ello nos parecen también absolutamente erróneas las aseveraciones de Doña María Jesús Fariña, citadas en la carta por el señor López Martín, que cuestionan el concepto de economía del lenguaje, tan esencial desde el punto de vista lingüístico, y que, por lo que suponemos, defienden el uso del masculino como género marcado -“los alumnos y las alumnas”, “los políticos y las políticas”, etc.-. Argumentar que la economía no es tan determinante porque eso hubiera supuesto “la eliminación de unas lenguas en favor de una sola” -sic-, significa, en el fondo, no entender que el concepto de “economía” es necesario para cualquier acto comunicativo, independientemente del idioma que se hable, es decir, un mecanismo mediante el cual los hablantes -de cualquier idioma, insistimos- hacen posible el milagro lingüístico de utilizar en pocas palabras una gran cantidad de información.

Como se podrá comprobar, los miembros del Departamento de Lengua tenemos criterios sólidos y bien fundamentados que son el fruto de años de estudio, reflexión y experiencia profesional. Lo último que deseamos es que instituciones y personas ajenas a nuestra disciplina y a nuestra labor como docentes pretendan imponernos una serie de dogmas políticos e ideológicos tan cuestionables como confusos que amenazan el sagrado derecho profesional y constitucional de la libertad de cátedra. Asimismo pedimos que se deje de poner en duda, no solo nuestra competencia, sino los valores morales y éticos de los que cada uno de nosotros, a título personal, hace gala con orgullo y dignidad.

Por las distintas instituciones y personalidades que se han dirigido a nuestro Departamento -a las que hay que añadir ahora la Consejería de Política Social, Mujer e Inmigración de la Región de Murcia-, podemos deducir que la cuestión ha superado la categoría de simple anécdota para convertirse en todo un ejemplo de acoso a nuestra profesionalidad que excede el debate académico, y máxime cuando nuestro criterio ha sido siempre lingüístico y el esgrimido por los demás jamás ha abandonado lo meramente ideológico. Consideramos deplorable que instituciones públicas como las que usted representa traten de interferir en el trabajo de unos servidores públicos cuyo único objetivo es mejorar, mediante la transmisión de conocimientos, una sociedad y un país que actualmente se encuentra en serias dificultades económicas.

Por eso le exigimos una disculpa formal que dé el asunto por concluido.

Atentamente.»

4.

Me gustan las películas americanas de abogados, aquellas en las que la sentencia de un caso da un inesperado giro cuando alguien descubre un precedente judicial. Sus héroes suelen ser auténticos detectives a la caza y captura de la jurisprudencia precisa, que sirve para salvar o condenar a los acusados. La busca de la verdad legal se convierte, gracias a la vieja common law, en la aventura de la verdad social. Jamás concebiría, sin embargo, que Hollywood pudiese lograr alguna vez una intriga semejante con nuestro aburrido derecho continental como trasfondo, heredero del Corpus Iuris romano, en el que los precedentes no son vinculantes y donde todo se basa en la inflexible ley escrita. Al margen de mis gustos personales, no está de más recordar que ambos sistemas poseen un origen común que considera la costumbre como fuente primaria de derecho, a pesar de que, desde el 451 a.C. -año en que se expuso a la vista de todos los ciudadanos de Roma la Ley de las XII Tablas-, el derecho romano se fuese apartando poco a poco de lo consuetudinario. Que en ocasiones las costumbres surjan de un hecho principal o sean impuestas, en forma de moda al principio, por algún personaje relevante, no quiere decir que no sean el fundamento de cualquier ley y que esta no deba permanecer como el reflejo tanto del valor de las prácticas sociales arraigadas como de la fuerza de quienes las siguen.

Aquí, en el nuevo Hispanistán, intentamos desde hace algunas décadas aportar nuestro granito de arena a la Historia del Derecho. Lo de granito de arena va con retranca, por supuesto, ya que no aludo al Fuero Juzgo o a las Siete Partidas alfonsíes, sino a algo mucho menos autóctono que, sin embargo, pocos países que se consideren democráticos se atreven a llevar a cabo. Desde el alcor del Derecho se está consumando lo que quizá sea una de las mayores programaciones sociales que se recuerdan, únicamente comparable a las que se cometieron durante la Guerra Civil o el franquismo. Me refiero a la práctica continuada que trata, no sólo de suplantar las costumbres, sino de crear otras nuevas a golpe de martillo legal. Y lo curioso no es que se invierta el proceso natural, sino que, en cierto modo, se nos quiera devolver a esas épocas preilustradas en que el lenguaje, la palabra mágica, podía transformar la realidad a su antojo. No es de extrañar, por tanto, que los ciudadanos hayan terminado aceptando el abracadabrante principio de que los problemas, hasta que no están regulados, no existen.

No me negarán que el argumento de esta historia que acabo de contarles diagnostica a la perfección una de las más agudas enfermedades que padecemos en estos momentos. La lengua -sus reglas, su uso- es la costumbre más importante de todas las que los españoles nos hemos dado y no puede estar sometida a la voluntad -y mucho menos a las ocurrencias- de una minoría política. Casi todas las distopías imaginadas por el genio del hombre coinciden en la oscura premisa de que la manipulación de la sociedad comienza siempre por el control del lenguaje.

Muchos de nosotros ya no somos ajenos a los medios y a los fines de semejante intervención. Sabemos, quienes nos dedicamos a la enseñanza -sobre todo desde que la escuela se ha atribuido el monopolio de la educación en valores-, que basta denunciar este disparate para que el desierto de lo real vaya apareciendo ante las narices de la gente en toda su esperpéntica grosería. Porque, lo creamos o no, el tinglado está sostenido a duras penas, y, además, es muy fácil de reconocer, pues suele portar como banderola uno de los axiomas más importantes -y grotescos- de la nueva ingeniería social. Recuérdenlo: toda norma destinada a crear la justa y precisa necesidad social que modifique, a la postre, ciertos comportamientos arraigados, siempre aparecerá revestida con el oropel de la marcha imparable de la sociedad, de la eterna ley de la modernidad y del progreso, de la inevitable evolución de las costumbres.

P.S.: El desenlace de la historia, aquí.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

7 comentarios sobre “La evolución de las costumbres. Una historia real”

  1. Desde luego, la lengua influye en la mente de sus hablantes. No es lo mismo la referencia que se puede hacer en una lengua que tiene un género neutro y una que no la tiene y esto lo cambia todo: desde cómo nombrar a las cosas, hasta la dichosa economía del lenguaje. Aun así, si hoy en día este tipo de discursos “feministas” están teniendo tanto bombo es porque la lengua más fuerte del momento se adapta muy bien a ellos ya que no necesita revolverse sobre sí misma para adaptarse, si no las cosas serían diferentes.
    De todos modos, como bien dices, la lengua es de sus hablantes, y esta no va a cambiar porque haya cuatro señoritos o señoritas (como les gustaría ser llamados) que nos digan cómo tenemos que hablar. En mi opinión, estas recomendaciones -o amenazas- no están consolidándose ni mucho menos. Quizá, en algunos contextos como en ese taller, sea un tabú decir algo en contra, pero al menos en lo “coloquial” se ha quedado en agua de borrajas. Y no les gusta NADA que se lo digan…

    ¡Ya veremos si los hablantes del español decidimos cambiar nuestra lengua en un futuro!

  2. Espeluznante historia (muy bien narrada).

    La sensación opresiva que generan quienes deberían de ocuparse otras cosas, es realmente asfixiante. En fin, mucho ánimo en una lid que, nunca debería haberse planteado, pero espero que ganéis porque así la ganaremos todos.

    Tengo el convencimiento que el enlace no marca el desenlace de la historia: ¡ya nos gustaría!

    Por mi parte, aprovecho para apuntarme como habitual.

  3. La administración española ha hecho suya la tarea de redimir la condición femenina mediante la luxación y desmembramiento del lenguaje. Hay memorándums que se han convertido en textos de oposición, donde se explica cómo secundar este propósito, y cómo el criterio fundamental del hablante ya no debe ser lo que dice, ni el contenido de lo que dice, ni mucho menos la mejor forma de decirlo, sino la fidelidad a los principios generales del “streaming”, los comparta o no, según los cuales la visibilidad de la mujer (sic) depende de las feminizaciones inopinadas de palabras que hasta la instauración de la conspiración administrativa carecían de tal dimensión y que si la adquieren de esta forma no es por mor de ampliar sus posiblidades semánticas sino como se coloca o viste un uniforme “para morir por la patria” en este caso.

  4. Hola. Excelente relato/narración de intriga/suspense, pero me he quedado sin conocer el desenlace/la conclusión porque no está disponible la última dirección/el último enlace. ¿Sería posible verla/verlo? Gracias.

  5. Estimado Weno, creo que he perdido el documento. Te cuento brevemente. Al final recurrimos a la Real Academia, les expusimos el caso y esta se dirigió a la Consejería para expresarle su malestar por lo ocurrido. En términos bastante duros. Después de eso, nada más se supo. Nos dejaron en paz. Cuando encuentre la carta, la colgaré. Un saludo.

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