La Historia ha muerto

Cuando hablamos de la muerte de ciertas disciplinas -las lenguas clásicas, la Filosofía, la Literatura-, generalmente olvidamos que todo comenzó con aquella quijada de asno que se hundió en el cráneo de la Historia y que, ya cadáver, la transformó en Ciencias Sociales. La asnada, que ya viene de la Primaria, donde aparece integrada en algo que recibe el difuso nombre de Conocimiento del Medio, alcanza en la Secundaria y el Bachillerato proporciones apocalípticas. En la taifa murciana que por ahora me paga el sueldo, los planes de estudio de la disciplina abarcan ese brumoso reino de fantasía que va de la Historia Universal y Regional, pasando por la Geografía física, política y económica, hasta la Historia de España; ocurriendo al final que los cráneos previligiados que han perpetrado el crimen someten a los alumnos a un cacao maravillao tan aberrante e inasumible que termina siendo, no solo odiado, sino automáticamente olvidado. La esotérica, la demencial lógica que guía dichos currículos provoca además que el estudiante tenga noticia de la Antigüedad o la Edad Media únicamente durante el primer ciclo de la ESO, que en 4º y en 1º de Bachillerato el programa, centrado en las épocas Moderna y Contemporánea, sea casi idéntico, y que en tan solo un curso -el último de Bachillerato- se imparta la totalidad de la Historia de España, desde Atapuerca a la actualidad.

A la Historia la han matado, no por menoscabo de horas, como ha ocurrido con otras asignaturas, sino por colapso, como sucedió en su día con la Literatura. La Historia, en su dudosa condición de ciencia social, soporta desde hace años el hedor de un mejunje en el que se intenta maridar lo geográfico con lo artístico, lo económico con lo climatológico, lo estadístico con lo medioambiental. Y, por si esto no fuera suficiente, se ha talado sin pudor alguno el tronco que la erguía, el de la Antigüedad y de la Edad Media, relegando su estudio a niveles demasiado prematuros -cuando se supone que se puede pasar aún de puntillas sobre ciertos temas que, en el caso de Hispanistán, pondrían en grave peligro la versión oficial de lo que somos-, sacrificándolo en pro de esa suerte de adanismo que procura la exclusividad de lo contemporáneo. Al matar a la Historia, han acabado también con el resto de materias que requieren un conocimiento histórico previo.

Pero lo cierto es que lo que debería inquietarme de este panorama no logra siquiera sorprenderme. Ya estoy curado de espanto, pues donde antaño viera estulticia, hogaño me he acostumbrado a apreciar la omnipresente voluntad de transformar la sociedad desde la enseñanza; propósito este, por otra parte, que jamás ningún factótum de la reforma educativa ha tenido la vergüenza torera de ocultar. En esta labor de ingeniería que dura ya más de veinte años, la Historia, una de las principales sacrificadas, ha sido la línea de flotación, el punto débil de una presa más importante, muchísimo más peligrosa: las Humanidades, concebidas estas como un conjunto de disciplinas cuyos frutos, en las mentes aún moldeables de los discentes, pueden escapar, ay, al control del Gran Hermano. Y es que, muertas las Humanidades, ya nada podrá provocar los primeros destellos de pensamiento crítico, por mucho que tal sintagma se haya convertido en el mantra preferido de las últimas leyes educativas. El móvil es obvio y ya lo apuntaba Hayek cuando mencionaba la especial tirria que los totalitarismos han tenido siempre a cualquier disciplina que fuera proclive al debate, a la crítica o al mero comentario, y de la que además no se esperase ninguna aplicación social consciente, sino que incluso pudiera causar placer estético, curiosidad improductiva, “decadente” satisfacción. Que una Literatura, por ejemplo, anime a la actividad espontánea, y aun pueda ofrecer frutos absolutamente imprevisibles, es algo inaceptable para un régimen que aspira a fiscalizar hasta el papel higiénico que usamos. Así que, muerto el perro, se acabó la crítica.

Y el perro, insisto, son las Letras de toda la vida, convertidas ahora, no solo en ese itinerario basura donde dan con sus huesos la mayoría de los alumnos que terminan renqueando la ESO o que vienen rebotados de una FP cada vez más colapsada, sino en el último recurso que posee la LOE -antes la LOGSE, dentro de poco la LOMCE- para salvar el trasero y maquillar las estadísticas -ya de por sí descorazonadoras- del fracaso escolar.

Uno de los muros contra los que solemos estrellarnos los profesores de Literatura es el escaso, ridículo, inexistente bagaje histórico que poseen los alumnos. Dicho de otro modo: la mayoría de los estudiantes no tienen ni pajolera idea de Historia, ni de España ni de Europa. Esto hace muy difícil, casi imposible, impartir clases de Literatura con un mínimo de rigor. Cuando les pregunto si conocen qué ocurrió en algunas fechas importantes, quiénes fueron Copérnico o Miguel Primo de Rivera, cuánto duró el Imperio Romano o la Segunda Guerra Mundial, la mayoría, en sus ratos buenos, suele encogerse de hombros, y, cuando está algo insoportable, acostumbra a soltar alguna barbaridad digna de antología. Observo sus rostros de seres recién traídos a la adolescencia y me inquieto al pensar que su ignorancia, en el fondo, no es más que una extraña bendición, pues les libera de todo vínculo con la realidad.

Por este budismo de Estado transitan hoy las nuevas generaciones de hispanistaníes, llenos a rebosar de ese ruido informativo que es la nada elevada a la décima potencia. Y no saben, pobrecitos, que esa realidad histórica a la que no sienten ningún apego -crisis económica y política mediante- está a punto de propinarles la mayor y más dolorosa paliza de sus cortas vidas.

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Publicado por

David López Sandoval

Profesor de Lengua Española y Literatura

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