Les hablarías de la lealtad. Les explicarías que la lealtad era la consagración a ideales que siempre acababan trascendiendo al hombre. Les dirías que toda virtud social era fruto de la lealtad. Que toda reflexión moral manaba de ese venero. Que su agua les unía. Que el caudal les acercaba cada vez más a sus riberas. A pesar de sus gestos displicentes, tú les convencerías confesándoles que siempre ibas a ser leal a ellos. Hasta el fin de tus días.
También les hablarías del respeto. Les descubrirías que en su norma residía el secreto de la convivencia. Les mostrarías la mágica reciprocidad que establecía. En el respeto, les asegurarías, latía el corazón de la auténtica igualdad. Les dirías que su esencia nutría todo anhelo de ser verdadero. Les dirías, viendo en su mutismo un atisbo de devoción, que el respeto era uno de los fundamentos de la libertad.
Y así, enardecido el corazón como un lábaro al viento, regresarías a tu casa.
Pero esa misma noche, aunque creyeras haber apaciguado por fin tu conciencia, no podrías conciliar el sueño. Con un escalofrío recordarías la mueca que habían adoptado al escucharte, reconocerías en ese silencio consabido el rostro de la abulia, comprenderías que te habían estado mirando como siempre.
Entonces, a la mañana siguiente, convencido de que ya no había vuelta atrás, de que todo era imposible, decidirías no intentar de nuevo revelarles la lengua de las aves. Te limitarías a leer la buena nueva de sus libros de texto, y luego les hablarías de cosas que pudieran entender.
Les hablarías de la desleal solidaridad que jamás compromete.
Les hablarías, por supuesto, de la irrespetuosa tolerancia del esclavo.
Certero, letal, don Andrés: la desleal solidaridad que jamás compromete, la irrespetuosa tolerancia del esclavo… Las cívicas virtudes de los canallas, las bellacas virtudes de los cívicos.
Loable entrega de la perdición. Mi modesta teoría es que hay que acostumbrar a los alumnos al silencio, hacerles guardarlo durante horas, como el antiguo fuego de nuestros ancestros, mimarlo con la ausencia de cualquier ruido, cuidarlo como la ambuesta de ampos de nieve que apresamos en el cuenco ilusionado de las manos… Hemos de partir de él, porque hemos de llegar a él. Y hemos de aprender a reconocerlo y a dejarnos acompañar por su estimulante presencia. Silenciólogos hemos de ser en el pandemonio inhóspito que nos quieren imponer como la norma.
PS. Como no he encontrado en la página dirección de correo a la que dirigirme para desearle que disfrute de las vacaciones que se haya propuesto o que haya dejado al azar de las últimas decisiones, lo hago aquí. Un abrazo cordial.